Tour 2010.

10. Contador: Ganador del Tour. El justo vencedor. Tampoco tuvo que esforzarse mucho para conseguirlo, lo que demuestra que hoy por hoy es el mejor del pelotón. En carrera, sólo Andy pareció inquietarle mínimamente en la montaña.

9. Armstrong: Espectacular. Después de tres años retirado y 38 años sobre la espalda, el tejano volvió y cumplió. Su ambición le hacía ansiar el primer puesto, luchar por volver a ser aquel Iron Man. Ya no es el de entonces, pero tiene mucho mérito lo hecho. Tercero, además dió vidilla las dos primeras semanas, algo de salsa para un Tour muy soso.

8. Andy Schleck (y hermano): Era el tercero en discordia. Comandaba el otro gran bloque del pelotón, el Saxo Bank. El año pasado un grandísimo Sastre le pasó por encima. Este año ha sido Contador, el único capaz de vencerle en la montaña al luxemburgués. El mérito, ser quién más cerca ha estado del madrileño, y haber cumplido con las expectativas logrando un segundo puesto por encima de Armstrong, Sastre, Menchov, Evans, etcétera.

7. Hushovd, Pellizotti y Cavendish. El del norte ha sido el más regular. Venció su etapa y luego le hizo sombra en todos los sprints al británico. Como prueba de su regularidad, la escapada en solitario en etapa de montaña. El italiano ha dado vida al tour. Combativo e incansable. No tuvo rival en la lucha por el maillot a lunares rojos, le falló la suerte en la búsqueda de esa victoria de etapa. Por falta de intentos no fue. El británico ha sido un tirano al sprint. El hombre más rápido. Ya lo fue el año pasado, y este ha repetido pero a lo grande. Sólo Hushovd le quitó la gloria en una etapa. El resto, Ballan, Freire, Bennati, Boonen y demás nada pudieron hacer.

6. Wiggins. Un cuarto puesto en el tour sabe a poco después de su exhibición. Venía de la pista y nadie daba un duro por él en la montaña. Sin embargo, aguantó. Quizás fue demasiado exigente para él la parte final de la carrera. Aún así, chapeau.

5. Euskaltel. El equipo combativo por excelencia. Se les resistía la victoria de etapa. Es más, antes de este tour sólo habían conseguido dos en toda su historia, la de Laiseka y la de Mayo. Este año venían con Mikel Astarloza y un puñado de guerreros para buscar la gloria. La consiguió Mikel. Hizo bueno el dicho de “quién la sigue la consigue”. La decepción, quizás la falta de protagonismo de Igor Antón, esperaba algo más de él en la montaña.

4. Sastre: Un tour muy poco afortunado para el abulense. Después de saborear la gloria, con todo merecimiento, el año pasado, este año se ha ido con un sabor de boca bien distinto. Pasó desapercibido buena parte de la carrera, por no decir toda. No se le vió a excepción de un pequeño ataque en los Alpes. No hubo nada más de él. A todos los que nos gusta Sastre, nos hemos llevado un gran fiasco. Quizás sus buenos tiempos para disputar la general hayan pasado.

3. Menchov y Evans. Lamentable. No parecían buenos corredores. Tipos del montón. Son líderes de equipo, tienen un sueldo acorde a dicho rango, y luego van a Francia a pasearse. Puede que no les respondieran las piernas, pero rozaron la mediocridad en muchos momentos. Se esperaba mucho más de ellos. Menchov tiene dos Vueltas y un Giro en su palmarés. El australiano llevaba dos segundos puestos consecutivos aquí. Mala imagen.

2. La organización del Tour. Lamentable. Echó por la borda Pirineos. Se lo jugó todo a una carta, el Mont Ventoux. Y bien, la etapa del viento fue muy buena, pero ¿realmente mereció la pena? ¿Dónde quedan aquellas etapas en las que se subían dos y tres puertos de especial con final en alto?

1. Dopaje. Aún no hay nada confirmado, pero como el ciclismo está como está, caso Di Luca reciente, seguro que a algún tramposo cogerán. Para ése va la peor participación del tour.

Anuncis

Lo odioso de las comparaciones.

Comparar a Contador con Armstrong es odioso, como se suele decir. Alberto es un grande la bicicleta. El más grande hoy por hoy. En su palmarés, y por méritos propios, ya posee un Giro, una Vuelta y un más que posible Tour ’10. También tiene otro tour, pero aquel es otra historia. Nunca se sabe qué podría pasar, pero creo que si no hubiesen sacado a punta de pistola a Rasmussen del Tour, lo hubiese vencido. Sea como sea, sobre sus espaldas ya tiene 4 grandes vueltas. A tres de Armstrong e Induráin. Dos de los más grandes. Todo ello pese a su juventud.

Contador ha sido un precoz. Ha hecho cosas que nadie había hecho a su edad. Ha visto pasar de cerca a la muerte. Se ha recuperado. Se ha visto envuelto en asuntos de dopaje por sus vínculos con Liberty y Manolo Sáiz. Lo ha superado. Luego han vuelto más casos de dopaje, sobre Astana, que lo han apartado del Tour. También se ha recuperado. Es decir, le ha pasado de todo ya. Además, este año ha tenido que luchar contra viento y marea, dentro del propio equipo más que contra el pelotón, para vencer este Tour. Sin calidad, sin ser un grande, todo ello no se hubiese conseguido.

Armstrong es mucho Armstrong. Se podrá decir de él que es un tirano sin escrúpulos. Lo fue cuando atacó para evitar la fuga de un plebeyo como Simeoni, quién había acusado al médico de Lance, Ferrari, de estar envuelto en asuntos de dopaje. Lo fue cuando no se hablaba con el pelotón, imponiendo un miedo hacia su figura colosal. Lo fue cuando en su equipo lo controló todo. Lo fue cuando apartaba del pelotón a base de talonario y uniéndolos a su equipo a todos aquellos que se permitieran el lujo de toserle en la cara, caso Roberto Heras. Lo ha sido este año con la disputa interna de Contador. Por todo ello siempre me cayó mejor el eterno segundón, Ullrich.

Nadie duda del palmarés del tejano. Siete tours consecutivos. Habiendo hecho frente a una enfermedad dura como es el cáncer. Subía de manera espectacular. En la contrarreloj dominaba. Y en el llano nunca lo pillaban en ninguna caída ni emboscada. Era perfecto, por eso consiguió siete tours. Pero su hora ya pasó. Este año ha tratado de ser el de antes, de recuperar la gloria olvidada. No recordó que corría en el mismo frente de Contador, el mejor hoy por hoy. Aquél lo ha aniquilado. Pese a todo, con su alta edad y sus años de retiro, es tercero. Es posible que esté en París. Ha hecho un Tour formidable.

Y la prensa, qué decir de ella. Han vuelto a cerrar filas en torno al español bendito, Contador. Ese al que harán que medio país le tenga tirria. Por lo irritante de su defensa. Que si Contador tuvo razón en el ataque que descolgo a Kloden. Que si Bruyneel. Que si Armstrong. Que si. Que si…

Bruyneel y Armstrong es un amor eterno. Quién dudará de ello pecaba de ignorante. El propio Contador, pese a su grandeza, lo sabía. El tejano tiene muchos galones, ganados con su sudor. Posiblemente es mejor que Contador. Por eso, pese a lo desigualado del duelo, hoy por hoy, lo mejor hubiese sido la marcha de Contador a otro equipo. Un tú a tú como enemigos públicos, reconocido. No un zafarrancho de combate en la sombra. Por todo lo que conlleva. Especialmente, por la pedantería e impostura de la prensa.

Samuel.

Llegó a debutar allá por el 98 con el Leganés en la Segunda división. Creo recordar que no tenía más que unos 17 o 18 años recién cumplidos. Llegaba cedido por el Castilla, y cumplió. En su “casa”, Madrid, jamás se le dió la oportunidad. Ni cuando era joven ni cuando ya despuntaba con el Mallorca. Quizás fue su carácter incendiario, ese que hubiese chocado de frente con los Figo, R.Carlos, Raúl, Zidane y compañía.

Fuese como fuese, Samu se marchó al eterno rival. Y triunfó. Se podría decir que lo ha vencido todo, tiene un palmarés, a nivel de clubes, envidiable. Tres ligas, dos copas del rey y dos copas de Europa más. Su olfato goleador ayudó a forjar dicho palmarés. En Mallorca se podría decir que él ponía la música y bailaba al mismo tiempo. Pero en Barcelona no. Otros creaban, él sólo ponía la puntilla. Que ya es. Como dato a su favor, decir que cuando ha estado a pleno rendimiento, tanto en Mallorca como en Barcelona, no ha bajado de los 14 goles. En Barcelona sus registros goleadores en sus mejores temporadas han sido de 24, 26 y 30 goles. Aún así, sólo tiene un pichichi en su haber.

No todo son florituras en él. Tengo que reconocer que es un tipo que me cae muy gordo. El mejor ególatra de todos. Un tipo que si gana 9, quiere 10. Uno de esos que cuando todo va bien en el vestuario, él enciende la llama de la revolución. Siempre hace estallar la bomba. Lo hizo con Ronaldinho. Lo ha hecho esta temporada pasada, y eso que en Can Barça todo era de color de rosas. Imagino que su espectacular narcisismo le hará caer en picado desde ya. Sólo se entiende que haya aguantado a ese nivel ahí por su indudable calidad. Si tuviese “cabeza”, Samu hubiese sido todavía más grande. Se le recordará como un payaso. Un payaso que creía ser la cabeza visible de Camerún. Un payaso que creyó que el mundo giraba en torno a él. Un payaso que jugaba a fútbol. No lo hacía mal en el campo, fuera de él era otra historia.

Su salida implica la llegada de un genio del balón, Zlatan Ibrahimovic. Particularmente, comparando a uno con otro, me quedo con el sueco. El camerunés del Mallorca era sensacional. Pero allí jugaban para él. En los mejores años de Rijkaard también estuvo muy bien. Pero últimamente, y pese a sus decisivos goles, lo notaba tosco, más lento y menos hábil con la pelota que antaño. Todo lo contrario que Zlatan. Un prodigio conduciendo el balón. Regatea a las mil maravillas. Tiene un chut increíble. Es todo estética. ¿El problema? Su falta de gol. Viene de hacer su mejor temporada en cuanto a esto, 25 goles con el Inter. Pero es poco dado al gol. No lo fue ni en la Juve, ni en el Ajax ni en el Inter. Veremos como evoluciona en nuestra Liga. Con más espacios y más velocidad que en Italia. Creo que será una de la sensaciones de la Liga. A mi gusto, al cambio ha salido ganando el Barça. Un tosco, últimamente, pero efectivo Eto’o, contra un mago del balón pero sin el olfato goleador del camerunés como es Zlatan. Aún así prima más la estética que la efectividad. Aunque si se dan las dos cosas, mejor que mejor. E Ibrahimovic las dará.

Molinillo.

Han sido 1.500 metros. Un chispazo. Se estaba subiendo el pequeño de los San Bernardo, la carrera andaba rota. Arriba, Andy Schleck había atacado arrastrando consigo a Contador y unos cuantos favoritos más. No estaba entre ellos Lance Armstrong. El americano quedaba descolgado en un segundo grupo, camuflado entre ellos como si la carrera no fuera con él.

Pero apareció. Y de qué manera. Un calentón espectacular que nos hizo recordar aquel mítico molinillo que tan de moda puso el de Texas. Hoy me ha recordado aquella mítica etapa del poker en Alpe d’Huez con Ullrich. Ha sido sólo por un instante. Aunque ya no es el Lance de entonces. Si lo fuera hubiese atacado para adelante, para irse en solitario. Hoy ha atacado para recuperar terreno. Algo ha cambiado. Será la edad. Pero hoy Lance nos ha recordado a aquél fenómeno que en su día fue. El tipo que ganó siete tours consecutivos. Un tipo al que le pedimos que rompa el reloj en Annecy. Le pedimos un duelo de tú a tú con Contador en Mont Ventoux. Este muermo de Tour reclama un final espectacular para despedirse con buen sabor de boca.

Bobo.

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Christian Vieri ha sido un jugador atípico. Se le podría considerar el mejor 9 puro que ha dado el fútbol en los últimos años. En el caso italiano, no hay duda, ha sido el mejor. Su ausencia, aún se nota en la azzurra, no han cubierto su hueco los Iaquinta, Gilardino o Luca Toni. Lo extraño del caso, es que Vieri, ese rematador nato, ha jugado en la friolera cifra de 13 equipos.

Prato, Torino, Pisa, Ravenna, Venezia, Atalanta, Juventus, Atlético de Madrid, Lazio, Inter, Milan, Mónaco, Atalanta bis, Fiorentina y Atalanta bis. Viajar ha viajado lo suyo. Lo raro es que no se aposentará, no echara raíces en ninguna parte, teniendo en cuenta su calidad, claro está. Las malas voces hablan de su fuerte carácter como detonante de esa aversión suya a mantenerse firme en un lugar.

El prestigio internacional le cogió con 24 años. Es decir, no era una promesa. No es un caso tan extremo como el de Luca Toni, pero tampoco es comparable al de Benzema. En el 97 lo firmó la Vecchia Signora, y allí se lució. Enchufó 20 goles, suficiente razón para que Jesús Gil lo fichará. Su paso por España fue efímero, pero fructífero. Una sola campaña, pichichi. Marcó 24 goles y, para no variar, se marchó levantando una polvareda espectacular cuando a punto de terminarse el plazo de mercado estival, hizo las maletas y se fue a la Lazio, dejando sin tiempo de reacción al Atleti.

En la Lazio, una potencia en aquel entonces, volvió a hacer goles y volvió a hacer las maletas al año de llegar. Ahora con destino al Inter de Moratti. Allí se asentó. Fue capocannonieri del campeonato. Hizo infinidad de goles. Pero, como siempre, salió por la puerta de atrás. Y además, en dirección al equipo vecino, el Milan.

Al Bobo, le recordamos como un killer puro. Un tío de área. Gran rematador de cabeza y con una zurda efectiva a más no poder. Podía pegarle extremadamente bien o extremadamente mal, ya fuera rozando la pelota, llevándose medio metro de césped al golpear el balón o podía tropezarse y mientras caía rematar de mala manera, fuera como fuera, el balón acababa dentro de la red. Vieri era un grande. Uno de los mejores delanteros que he visto. Tengo en mi retina, no sé por qué, un gol frente a Ecuador en el mundial 2002 en el que en carrera se marchó del central, tropezando éste, y en dos ocasiones lanzó a portería consiguiendo en la segunda intentona el gol. Es una jugada definitoria de él. Un incansable explorador del gol. Lástima que aquel gigantón con alma de rebelde olvidará su olfato goleador al salir del Inter. Se convirtió en lo que es hoy, un tipo alto, de anchos hombros, tosco, al que parece que las rodillas le pueden flaquear de un momento a otro. Le ha llegado la hora de decir adiós. Pero en el recuerdo ha dejado cantidad de goles, de todos los colores.

Patapalo.

Esta historia la protagoniza un chaval de una favela brasileña al que llamaban Patapalo. Ni que decir tiene, que si el pobre chaval vivía en una favela, tenía muchas posiblidades de ser pobre. Y así era. Sus padres, padecían lo impadecible para llevarse algo a la boca, a la suya y a la de su familia. Patapalo, como pasaba hambre y rozaba la desnutrición, vagabundeaba por los distritos mas “burgueses” de la ciudad en busca de algo de pan.

Patapalo, quizás por los problemas a los que le había sometido la vida, decidió, como muchos otros chavales, ocupar su tiempo jugando al fútbol. Pero aquí, también tenía un problema. Patapalo tenía unas piernas largiduchas, finas y curveadas. En algunos momentos, parecía incluso que cojeaba. Sin embargo, no fue motivo para abandonar a su amor, el fútbol. Tampoco lo fue el que cada día que iba a entrenar debía recorrerse 40 kilómetros andando hasta el entreno. Decidió no abandonar cuando su principal valedor, su padre, sumándose a la vida desgraciada que llevaban, fue atropellado por un autobús. Patapalo no se rindió.

No se sabe cuando, a Patapalo le llegó su hora. Un técnico de reconocido prestigio, Luxemburgo, lo descubrió mientras observaba un partido. Aquel chico flacucho, de piernas largas y finas y con síntomas de cojera no parecía el más idóneo para apostar por él como caballo ganador. No obstante, Luxemburgo lo hizo. No tardó mucho en hacerlo debutar con el Corinthians. Ni él en triunfar. Triunfo tanto que se marchó al Palmeiras, y de ahí, con ya un gran prestigio nacional, a Europa, al Deportivo de la Coruña.

A base de rabonas, regates increíbles, chilenas y saques de falta espectaculares, Patapalo se convirtió en una de las estrellas de la Liga. Duró poco su estancia en A Coruña. Al verano siguiente ya lo había firmado el Barça, 4.000 millones de las antiguas pesetas pagó a toca teja el conjunto culé.

Allí, Patapalo, cumplió su sueño. Mostró su valía, su fútbol. Honró a su padre fallecido cuando conquistó el Balón de Oro en el 99. Es decir, cuando fué el mejor jugador del planeta. Su gloria se extendió hasta el Mundial de Corea y Japón del 2002. Allí tocó el cielo proclamándose campeón del mundo con la canarinha.

Pero Patapalo tampoco tuvo suerte a partir de ahí. Berlusconi se lo llevó a su Milan. Allí Patapalo no fue feliz. Calentó mucho banquillo. Se apagó definitivamente aquella mirada ya de por sí apagada y triste. No volvimos a ver aquellos regates increíbles o aquellas maravillas de goles nacidas de sus piernas. Patapalo, aquel chico que creció cercano a la desnutrición, al hambre, devoró el fútbol. No sabía jugar en equipo. La palabra colectivo no existía en su mente. Quizás fuera por su tristeza crónica. Por aquellos ojos melancólicos. Por su dura infancia y tragedia familiar. Él siempre jugó con la cabeza gacha y con la portería entre ceja y ceja. Aquel muchacho al que llamaron Patapalo despectivamente, era conocido, por supuesto, como Rivaldo.

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Riquelmista.

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Después de haber visto los mismos partidos que un aficionado medio durante estos años, después de haber visto jugar a miles de jugadores, de ver golazos, pifias enormes, jugadones y de más. Después de haber visto todo eso, lo reconozco, el jugador que más impacto me ha causado es Román Riquelme.

Intuyo que la cantera argentina ha dado muchos jugadores de este estilo. Uno más, se podría decir. De hecho, la Liga ha estado poblada de varios jugadores de ese corte, principalmente argentinos, del estilo de Ibagaza, Aimar o D’Alessandro. “Trescuartistas” puros.

De todos ellos, argentinos y no argentinos, el más grande es Román. No se como andará hoy en día, y es una desgracia para el aficionado español no tenerlo en esta liga. Tampoco se porque en Barcelona nunca cuajó, era su habitat ideal. Lo cierto, es que si quieres jugar con Román, tienes que jugar para él. O, como mínimo, influye mucho en el juego del equipo, se crea una gran dependencia hacia su figura. Por ahí le atacan sus detractores. No me basta como motivo. ¿Y que si crea dependencia? ¿Es malo? Será malo si el equipo contrario lo neutraliza a él, neutralizando, por tanto, a tu equipo. Pero, ahí viene lo bueno, falta neutralizarlo a él. Tarea ardua donde las haya.

Yo, el Riquelme que recuerdo es el de Villarreal. Porque no vi otro. Exceptuando el año de defenestración en Can Barça. En Boca supongo que dará gusto verlo jugar. Porque allí lo es todo. Un ídolo. Aquí, también lo fue. Pero en un equipo modesto. Su problema, el no caer en un equipo mediático. Barça, Madrid, Atleti, Valencia o Sevilla le hubiesen ido mejor.

Ciñiéndonos estrictamente a lo futbolístico, podríamos hablar maravillas de él. Era un tío que cuando tenía la pelota, andaba. Y cuando no la tenía, también. Nunca le vi correr. No le hacía falta. Su hábitat eran los tres cuartos del campo. No defendía. Y, para atacar, tampoco necesitaba correr, le bastaba con su técnica, con su calidad. Parsimonioso, con sangre de horchata, cuando tenía la pelota, iba al trote con ella, se la mostraba al rival, la escondía, zigzageaba, regateaba, nunca se la quitaban y, finalmente, daba la asistencia de gol, el pase final o, directamente, la enchufaba para dentro de la red él mismo. Por no hablar de las jugadas a balón parado, un auténtico maestro lanzándolas.

Él sólo te podía ganar un partido. Lo demostró en varias ocasiones. De haber sido español y, en referencia, a sus contemporáneos, yo creo que hubiese sido un De la Peña o un Valerón. Grandísimos jugadores ambos. Pero Riquelme tiene algo que le hace superior. Será su lentitud, su calma, el buen trato al cuero.

Es un jugador al que Europa le debe algo. Le debe el rango de estrella. Jugadores con menos nivel que él lo tuvieron. Está en el Olimpo del fútbol, para mí. Empíricamente también así lo consideran en Argentina. Pero, Europa… aquí no. Nunca tuvo suerte. Falló en un grande, el Barça. No le dieron bola. Y fallo ese penalty frente a Lehmann. De haber entrado, nunca se sabe que habría pasado. Quizás hubiese sido campeón de Europa con un modesto Villarreal y, obviamente, Europa lo hubiese encumbrado, lo hubiese subido al Olimpo de los dioses futbolísticos, hubiese tenido su balón de oro.