Patapalo.

Esta historia la protagoniza un chaval de una favela brasileña al que llamaban Patapalo. Ni que decir tiene, que si el pobre chaval vivía en una favela, tenía muchas posiblidades de ser pobre. Y así era. Sus padres, padecían lo impadecible para llevarse algo a la boca, a la suya y a la de su familia. Patapalo, como pasaba hambre y rozaba la desnutrición, vagabundeaba por los distritos mas “burgueses” de la ciudad en busca de algo de pan.

Patapalo, quizás por los problemas a los que le había sometido la vida, decidió, como muchos otros chavales, ocupar su tiempo jugando al fútbol. Pero aquí, también tenía un problema. Patapalo tenía unas piernas largiduchas, finas y curveadas. En algunos momentos, parecía incluso que cojeaba. Sin embargo, no fue motivo para abandonar a su amor, el fútbol. Tampoco lo fue el que cada día que iba a entrenar debía recorrerse 40 kilómetros andando hasta el entreno. Decidió no abandonar cuando su principal valedor, su padre, sumándose a la vida desgraciada que llevaban, fue atropellado por un autobús. Patapalo no se rindió.

No se sabe cuando, a Patapalo le llegó su hora. Un técnico de reconocido prestigio, Luxemburgo, lo descubrió mientras observaba un partido. Aquel chico flacucho, de piernas largas y finas y con síntomas de cojera no parecía el más idóneo para apostar por él como caballo ganador. No obstante, Luxemburgo lo hizo. No tardó mucho en hacerlo debutar con el Corinthians. Ni él en triunfar. Triunfo tanto que se marchó al Palmeiras, y de ahí, con ya un gran prestigio nacional, a Europa, al Deportivo de la Coruña.

A base de rabonas, regates increíbles, chilenas y saques de falta espectaculares, Patapalo se convirtió en una de las estrellas de la Liga. Duró poco su estancia en A Coruña. Al verano siguiente ya lo había firmado el Barça, 4.000 millones de las antiguas pesetas pagó a toca teja el conjunto culé.

Allí, Patapalo, cumplió su sueño. Mostró su valía, su fútbol. Honró a su padre fallecido cuando conquistó el Balón de Oro en el 99. Es decir, cuando fué el mejor jugador del planeta. Su gloria se extendió hasta el Mundial de Corea y Japón del 2002. Allí tocó el cielo proclamándose campeón del mundo con la canarinha.

Pero Patapalo tampoco tuvo suerte a partir de ahí. Berlusconi se lo llevó a su Milan. Allí Patapalo no fue feliz. Calentó mucho banquillo. Se apagó definitivamente aquella mirada ya de por sí apagada y triste. No volvimos a ver aquellos regates increíbles o aquellas maravillas de goles nacidas de sus piernas. Patapalo, aquel chico que creció cercano a la desnutrición, al hambre, devoró el fútbol. No sabía jugar en equipo. La palabra colectivo no existía en su mente. Quizás fuera por su tristeza crónica. Por aquellos ojos melancólicos. Por su dura infancia y tragedia familiar. Él siempre jugó con la cabeza gacha y con la portería entre ceja y ceja. Aquel muchacho al que llamaron Patapalo despectivamente, era conocido, por supuesto, como Rivaldo.

rivaldo460

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