Molinillo.

Han sido 1.500 metros. Un chispazo. Se estaba subiendo el pequeño de los San Bernardo, la carrera andaba rota. Arriba, Andy Schleck había atacado arrastrando consigo a Contador y unos cuantos favoritos más. No estaba entre ellos Lance Armstrong. El americano quedaba descolgado en un segundo grupo, camuflado entre ellos como si la carrera no fuera con él.

Pero apareció. Y de qué manera. Un calentón espectacular que nos hizo recordar aquel mítico molinillo que tan de moda puso el de Texas. Hoy me ha recordado aquella mítica etapa del poker en Alpe d’Huez con Ullrich. Ha sido sólo por un instante. Aunque ya no es el Lance de entonces. Si lo fuera hubiese atacado para adelante, para irse en solitario. Hoy ha atacado para recuperar terreno. Algo ha cambiado. Será la edad. Pero hoy Lance nos ha recordado a aquél fenómeno que en su día fue. El tipo que ganó siete tours consecutivos. Un tipo al que le pedimos que rompa el reloj en Annecy. Le pedimos un duelo de tú a tú con Contador en Mont Ventoux. Este muermo de Tour reclama un final espectacular para despedirse con buen sabor de boca.

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