“¿Eres Bolt?” por Segurola.

Los días 16 y 19 de Agosto de 2008, Usain Bolt, el atleta por excelencia de la historia, arrasaba en los Juegos Olímpicos de Pekín venciendo sendos oros en las pruebas del 100 y 200 metros respectivamente. Dos oros, dos récords mundiales. Era el rey de las olimpiadas, con permiso de Michael Phelps. Sin embargo, 13 días antes de todo aquello, el 3 de Agosto de 2008, Bolt era casi un anónimo. Segurola escribió en esa fecha sobre ello:

“Si todo es como parece, en dos semanas Usain Bolt será una celebridad mundial. Sólo tiene que ganar la final de 100 metros, trabajo complicado, pero no imposible. Por algo es el hombre más rápido de la historia. Una victoria transformará su vida: anunciará marcas deportivas, relojes caros y será la imagen de Jamaica, la isla que ha producido sprinters excepcionales, pero ninguno de ellos ha ganado la medalla de oro. Si todo es lo que parece, Bolt viajará en primera clase, le acompañarán abogados, agentes, fisioterapeutas y toda la corte que se adhiere a los grandes campeones. Sin embargo, Bolt era ayer un semidesconocido que mascaba chicle como una ametralladora, un pasajero de 21 años en el vuelo de Londres-Pekín que viajaba en una categoría intermedia, con evidentes dificultades para acomodar su 1,96 de estatura a las estrecheces de su asiento. Nadie le pidió un autógrafo. Una azafata se sorprendió cuando le dijeron que volaba con el hombre más rápido del planeta. “¿Sí, quién es? ¿Ese chico alto de ahí atrás?”.

Diez horas después, Bolt emergió entre los últimos del pasaje que abandonaron el avión. A la salida del finger esperaba un reducido número de periodistas de la televisión y agencias oficiales. Estaban nerviosos porque tenían que obtener imágenes de un famoso al que no conocían. Bolt había viajado con su entrenador Glenn Mills y cuatro acompañantes del equipo jamaicano. Algunos emergieron del avión antes que él. “¿Es él, es él?, ¿eres Bolt?”, preguntaban angustiados. Se lo preguntaban a cualquiera de los caribeños. El hombre más rápido del mundo les resultaba anónimo. Hace 20 años, cada paso de Ben Johnson antes, durante y después de los Juegos de Seúl, era una noticia en todos los rincones del planeta. Carl Lewis viajaba como si fuera Elvis Presley. Maurice Greene se hacía notar con el aparatoso entorno que había creado su gurú, John Smith. Y aquí estaba un chaval conectado a su mp3, con una gorra blanca y las mandíbulas de tiburón de terrorista de la dietética: no cesó de mascar chicles, caramelos y toda la gama de golosinas que le pusieron por delante. Cuando las cámaras empezaron a apuntarle, su actitud adquirió un tono ligeramente insolente. “Hey, soy una estrella, ¿no lo sabéis?”.

Se movía al ritmo de alguna música con un gesto más ingenuo que arrogante. Todavía no está acostumbrado a moverse empujado por la fama.

Hasta hace tres meses, Bolt era un prometedor atleta conocido por los más irredentos del atletismo. Sólo había corrido los 100 metros una vez en su vida. Todo ha cambiado en este periodo. Batió el récord del mundo (9,72 segundos) en Nueva York y ha bajado claramente de los diez segundos en todas las carreras que ha disputado. Es una figura del mundillo. Le falta conquistar Hollywood, es decir, los Juegos Olímpicos. Usain Bolt tendrá que medirse con su compatriota Asafa Powell y con el estadounidense Tyson Gay, más veteranos y tan rápidos como él. Las apuestas se inclinan por el joven jamaicano. En Londres se paga 8-5 por su victoria. Hay menos confianza en Gay, recientemente lesionado, y en el magnífico, pero quebradizo, Powell.

Bolt pasó los minuciosos trámites aduaneros con cierta ventaja sobre la inquieta delegación griega, cuyo avión llegó a Pekín a la misma hora. A él y sus compañeros, les esperaba un delegado jamaicano que logró agilizar el proceso.

Eran las siete de la mañana y los jóvenes voluntarios comprobaron por primera vez lo que les espera en las próximas jornadas. Se escucharon algunos gritos de impaciencia, un entrenador griego entró en combustión porque no aparecía su pasaporte ni su acreditación y todo se volvió un poco extraño: agitación en medio de un aeropuerto de dimensiones colosales, silencioso, perfecto. Parapetado con sus auriculares, Usain Bolt observó todo aquello con dos gestos. Primero, sonriente. Después, algo tenso. Las cámaras no dejaban de filmarle. Tendrá que acostumbrarse”.

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