Un atleta del siglo XXII.

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En 2008 se convirtió en el rey de las pistas con tan sólo 22 años. El joven y alegre jamaicano había destrozado el cronómetro en dos carreras que lo catapultaron hacia el estrellato.

En los 100 metros, el jamaicano se autoinvitó a la fiesta. Era una prueba, que por su cara a cara, parecía destinada a Tyson Gay o a Asafa Powell. No fue así. El jamaicano venció. No sólo eso, destrozó el crono bajando por primera vez de las siete décimas con un espectacular 9.69. Más que la marca en sí, que ya es, impactó ver la forma en que la consiguió, haciendo los últimos veinte metros al trote y aventajando en un mundo al resto de rivales.

No se acomodó. Pocos días después, llegaban los 200 metros. En esa prueba había una marca estratosférica que se mantenía desde Atlanta ’96. Un tal Michael Johnson tenía 19.32. Pero llegó él. Paró el reloj en la bestialidad de 19.30. Se consagraba, pasaba a los anales de la historia.

Bolt, un hombre atípico para la velocidad por su enorme estatura, 1.95, era el rey de la velocidad. Como era de esperar, sus salidas eran lentas debido a su altura, pero ya en carrera su zancada era descomunal, imparable, imbatible.

Todos esperábamos con expectación la cita en Berlín ’09. Unos mundiales que recordaban al, para muchos, mejor atleta de la historia, Jesse Owens. En tan gélida tierra, el afroamericano había vencido al mismísimo Adolf Hitler, había machacado a su mezquino ideal. Un negro pudo con un ario.

Era un escenario ideal por historia. Y llegó el 16 de Agosto de 2009, justo un año después de su hazaña en Pekín. Bolt me hizo saltar del sofá. No se podía dar crédito. El jamaicano daba la razón a aquellos que le tildaban de extraterrestre. Ese chaval despreocupado y bromista había conseguido una marca que venía de otra época. Venía de otro tiempo, del futuro, de un siglo XXII que aún queda muy lejano. Marcó 9.58. Un año antes había bajado por primera vez en la historia de 9.70. Ahora lo hacía de 9.60. Una animalada. En tan sólo un año había mejorado su marca, ya de por sí alienígena, en 11 centésimas. El pobre Tyson Gay, quién había hecho la carrera de su vida y la tercer mejor marca de la historia, 9.71, sólo superado por los dos “marcones” de Bolt,  saboreó con desgana la plata. Había sido una final increíble a la que puso el broche Asafa Powell con su bronce.

No satisfecho, el jamaicano tenía ayer la oportunidad de vencer otra carrera. Lograr otro oro en los 200 metros. Ni los más entendidos esperaban un nuevo record del mundo. Sus 19.30 de Pekín, esos que habían tumbado a una marca de Michael Johnson que ya duraba 12 años en el tiempo, parecían inalcanzables. Además, contaba en su contra con la posibilidad de encontrarse sin motivación, pues no tenía a su vera al gran Tyson Gay. Corría contra sí mismo.

Una vez más, Bolt sacó la nave del tiempo y viajó hacia el futuro para volver con una marca, yo diría, insuperable. Había hecho la marcianidad de bajar de nuevo en 11 centésimas su anterior marca. La friolera de 19.19. Bolt se había convertido en el rey del atletismo, en un mito.

Ahora aún dura la resaca. Con el tiempo estos días madurarán y se mantendrán en la memoria con una nostalgia increíble, recordando a aquel chaval de origen jamaicano que corría como nadie. O puede que no. Puede que Bolt aún tenga más conejos en la chistera con los que deleitarnos. Yo lo considero lo más parecido a un extraterrestre, a un alienígena, a un marciano. Sus marcas así lo atestiguan. Sin embargo, parece humano. De carne y hueso. Corre como correrán los atletas dentro de cien años. Es un adelantado a su tiempo. ¿Volverá a sacar la máquina del tiempo? ¿Dónde está su techo?

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