El fin justifica los medios.

Eso es lo que debe pensar José Mourinho. Un tipo que sabe que dentro de diez años nadie recordará si el Inter jugó bien o mal en el Camp Nou, sabe que el que pasará a la leyenda será el que inscriba su nombre en la famosa orejona.

Ayer, presenciamos el “espectáculo” que se nos había prometido desde Italia. Fueron fieles a su guión, quizás en extremo debido a la expulsión de Motta. Los ojos de uno se sentían dañados cuando veían a Eto’o de lateral izquierdo, o a Milito en el lado derecho. En cambio, sí que daba crédito a lo que veía. Era normal ver a los diez jugadores dentro de su propia área porque todos sabemos quien es José Mourinho. Dejando su vena fanfarronera, ególatra e irritante (parece no recordar que empezó siendo un segundo-traductor), hay que reconocerle que es, hoy por hoy, uno de los mejores estrategas del fútbol mundial. Ya lo hizo en el Giusseppe Meazza, y ayer lo repetió al extremo. El fin justifica los medios. Un plomazo de partido, cero tiros. Todo el equipo encerrado en su área, sin atisbo de inquietar mínimamente la portería de Valdés. Defensa y más defensa. Esa fue la receta de ayer. De un tío al que todavía recuerdo como “echó a perder” el partido de ida en aquella famosa semifinal entre Oporto y Depor. Buscaba, en su propio estadio, un 0-0. Sabía que luego el gol en Riazor valdría doble. También le salió bien.

Enfrente estuvo un Barcelona que se quedó en el casi. Pensaba que lo lograría. Me venían a la memoria partidos como los del año pasado frente al Lyon, Bayern o el 2-6 del Bernabéu. Este mismo año, a mitad gas, venció por 2-0 al Madrid. Las pruebas nos decían que era factible una remontada. Pero el gol no llegaba. No llegaba por muchas razones. La principal: la muralla defensiva de los italianos. La otra puede ser la típica de estos partidos, acordarse del que no está, de Andrés Iniesta, un mago que puede romper ese tipo de murallas con sutileza combinada con un desparpajo impresionante. Ayer Xavi lo buscó de todas las maneras posibles, pero fue muy difícil. Pese a todo, la historia podría haber cambiado si Julio César no hubiese hecho un paradón a Messi, o si Bojan hubiese atinado en su remate de cabeza. Entonces nadie se acordaría de si el rival fue muy defensivo o no. Como sucedió con el Chelsea la temporada pasada (un calco de partido).

Ahora ya no hay vuelta atrás. Inter y Bayern están en la final. Dos históricos. Sin embargo, al Inter, considerado un gigante de Europa, jamás lo había visto metido en una de estas en mis 22 años. Es más, incluso mi Valencia etuvo ahí en dos ocasiones recientemente. El Inter no. Era algo chocante. El único coloso que no rompía ese techo de cristal. En 1972 fue su última presencia. Querían repetir, y Moratti pensó, ya hace dos años, que el idóneo para ello era Mourinho. No se equivocó. El rey de los mercenarios. Un tipo que se mueve como nadie en este fútbol mundial, sabiendo adiestrar a gente venida de todos los lugares y por todas las cantidades (aunque el Oporto, a diferencia de Chelsea e Inter, era un equipo casero, lo que da aún más valor a su trabajo). Es, rencores aparte, un grande del fútbol. Por mucho que lo de ayer se catalogue como el “antifútbol”. Un tipo que ayer, tras el pitido, parecía emocionado de verdad, sabiendo que está muy cerca de entrar, para siempre, en la historia de un club emblemático.

Yo voy con el Inter el próximo 22 de mayo. Por afinidad cultural (aunque a más de un italiano que conozco no les gustará que venza el Inter), por romanticismo, por que es su hora. Los tifosi neroazzurri deben estar tranquilos, el Maquiavelo del calcio, como ya lo ha bautizado algún medio, está en sus filas.

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