Cuestión de fe

Si alguien nos hubiese dicho, a principios de temporada, que el Levante iba a estar a estas alturas de temporada, es decir, restando sólo siete partidos de Liga, segundo y con 58 puntos, a cuatro del Betis y a dos del Hércules (y de salirnos del ascenso), le hubiésemos, fácilmente, tomado por un pirado.

Todos teníamos el gusanillo en el cuerpo. Había pólvora, gente como Xisco, Juanlu o Rubén. Sin embargo, por presupuesto y calidad, no se nos presuponía ahí arriba. No se tuvo en cuenta, por parte de nadie (salvo de ellos mismos), una variable muy importante: la ilusión. La ilusión del colectivo. Era una cuestión de fe. Los gladiadores de Luís García lo creyeron, veían posible el ascenso, y así lo hicieron ver desde el primer minuto de la temporada. Ellos son los que han enganchado a que el levantinismo arropara con casi once mil personas el domingo pasado al equipo frente al Hércules, cuando a comienzos de temporada no eramos más que cuatro mil en el día bueno de la afición.

Hay ilusión, mucha. También esperanza. Y fe, ante todo fe. Yo creo en este equipo, en estos jugadores, en este entrenador. No se si el Levante acabará subiendo (es muy difícil), lo que sí está claro es que lo darán todo para que así sea. Quedan 7 encuentros, 7 finales. Yo creo que con unas cinco victorias se podría subir. La teoría es bonita, ahora falta la praxis. En casa nos quedan Albacete, Rayo y Castellón. El primero peligroso porque está jugando con fuego, los otros dos, salvo maletines de por medio (no Lopera?), vendrán más relajados. Fuera de casa es otro cantar. Recreativo, Cartagena, Real Unión y Betis. Dos aspirantes al ascenso, con enfrentamientos directos. Un equipo necesitado como el de Irún, y un partido, el más factible de todos, contra el Recre, que se juega bien poco, más allá del honor personal.

En definitiva, tenemos un mes y medio por delante de mucha ilusión. Una ilusión que lleva consigo el jolgorio, la felicidad a una afición que se lo merece, después de unos años de desencanto. Son días de patiment, de saber sufrir. Y quizás también, a última hora, de sueño desvanecido, de tristeza. Nunca se sabe. Lo que está claro, es que hay que darle las gracias a estos gladiadores por brindarnos la oportunidad de disfrutar, de sufrir, con una cosa tan bonita como el ascenso. Macho Llevant!

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