Goles, magia y sangre.

Era un domingo desapacible, caía la lluvia en San Sebastián y el frío dejaba titiritando a más de uno en la grada. Así, los paraguas, los chubasqueros y las mantas se convertían en la mejor compañía que un aficionado podía tener, además de la radio, las pipas y sus colores. A todo ello, se le sumaba una hora intempestiva para jugar al fútbol, las cuatro de la tarde. Sin embargo, todo sucedió muy rápido, como un chispazo.

El protagonista fue un tipo nacido en Rochefort. Criado en el País Vasco francés, se forjó, futbolísticamente hablando, en Zubieta, y marchó cedido una temporada en campo armero, en Éibar (un tal Silva también lo hizo). Al pelirrojo le bastaron dos minutos para animar a todo el personal reunido en Anoeta. Dos goles en sendos minutos. Un inicio fogoso, brillante e intenso que había destrozado al rival, un triste Sporting, en apenas un abrir y cerrar de ojos. No obstante, nuestro protagonista tuvo mala suerte, quizás por su bravura, cuando sus huesos (los de la nariz) fueron a dar con la potente frente de Gregory apenas dos minutos después de su recital ofensivo. Choque de trenes. Había terminado la jornada para él, era el minuto cuatro.

Etiquetado como centrocampista ofensivo de largo recorrido, se siente más cómodo en los tres cuartos de campo, jugando como enlace entre el doble pivote y la delantera, lo cual no quita para que, en más de una ocasión, sus técnicos le hayan visto como un jugador comodín capaz de actuar en cualquier posición del mediocampo. El ‘queso’, como dicen que le apodan, es un pulmón que oxigena las piernas de sus compañeros mientras, al tiempo, abrasa las de los contrarios. Sacrificio, esfuerzo y garra. Son parte de sus señas de identidad. Trabaja en defensa, haciendo ayudas y presionando sin pedir nada a cambio. Esto va al fondo de esa cosa  llamada colectivo, equipo. Es un tipo solidario con sus compañeros, de eso no hay duda. Pero hay más. También  le viene la inspiración en ataque, cuando tiene el balón en sus pies. Es aquí cuando sus acciones denotan la calidad del txuri urdin. Las conducciones poderosas, la visión de juego y los pases talentosos, se asocian con un gambeteo peculiar, deparando un híbrido del que resultan individualidades vitales para el existir de la Real Sociedad. Es un lujo.

El tipo del que hablamos no es otro que David Zurutuza. Un auténtico crack, uno de los secretos mejor guardados de la Liga. Es el ’17’, corriendo de área a área como un búfalo. “Estoy muy animado, volveré pronto con más fuerza para romper más cabezas”, dicen que dijo en tono bromista al salir del hospital. Todavía le quedan muchos recitales que dar.

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Monumento al fútbol.

Habían pasado justo siete días desde que se jugará uno de los clásicos más rancios que se recuerda. El Madrid cayó 1-2 en la ida. La estrategia defensiva (por otra parte, previsible) de Mourinho no resultó más que cuarenta y cinco minutos. Al mal marcador se le unieron los pitos del Bernabéu y el pisotón de Pepe. Feo, todo muy chabacanero. La magia sólo la puso el Barça, como casi siempre.

Y con esas llegamos al partido de ayer. Tocaba remontada, épica. Ni Juande ni Pellegrini ni el propio Mourinho habían conseguido la victoria en el Camp Nou. Salir encerrado atrás era demasiado cobarde, irracional e improductivo. Así que optó por cruzar la línea del medio campo. El Madrid se atrevió a mirarle a los ojos a su rival más acérrimo. ¿Cómo acabaría la cosa? Los menos entendidos hablaban de una goleada culé. El Barça es el mejor equipo que yo haya visto jamás. La tocan que da gusto, te engatusan, lo hacen elegante, piano y te acaban matando cuando menos lo esperas. Todo ello les da un aura, totalmente merecida, de superioridad abismal, incluso respecto al Madrid. Pero ayer, no fue así.

El resultado, las cosas como son, fue injusto. Mereció ganar el Madrid. Tuvo una primera parte esplendorosa que deparó un resultado poco representativo de lo que se había dado en el terreno de juego. Y es que el Barça es así, aún desdibujado tiene jugadores que marcan la diferencia (vaya asistencia de Messi, o qué tiro de Alves). Pero el Madrid persistió, y tuvo su recompensa: dos goles que le daban vida. Al final no pudo ser. Pasó el Barça, quien en el global de la eliminatoria había sido superior y, por tanto, justo vencedor.

Sin embargo, soy de los que opinan que el clásico de ayer marcará una diferencia importante en el devenir de futuros acontecimientos. El factor psicológico está del lado merengue desde anoche. El Madrid le discutió la posesión al Barça, presionó arriba, adelantó líneas ahogando valientemente el juego culé, y creó muchas ocasiones de gol. El Barcelona terminó desdibujado, una caricatura de lo que estamos acostumbrados a presenciar. Sólo le quedaban los chispazos de calidad y orgullo. El Imperi de Pep se tambalea. El míster tendrá que estrujarse los sesos con la idea de superarse, mejorar y volver a aplastar al eterno rival. Por su parte, Mourinho deberá aprender, desde ya, una sabia lección: ataque y valentía. Es la receta idónea. Monumento al fútbol el partido de anoche, de poder a poder. Creo que pasarán muchos años, una vez fuera de órbita estos dos equipazos, hasta que volvamos a disfrutar con algo así.

Anduva: la puerta del cielo.

En Miranda de Ebro disfrutaron de lo lindo anoche. Por allí, seguro que recordarán durante mucho tiempo la hazaña que el modesto equipo local, el Mirandés, ha protagonizado en el transcurrir de esta Copa del Rey. A sus pies han sucumbido notables equipos como Villarreal, Racing o Espanyol. El siguiente rival lo conocerán esta noche, todo apunta al Athletic. Sea como fuere, quién vaya a Anduva debe afrontarlo como una auténtica batalla, a pecho descubierto, dónde a motivación y entrega difícilmente vencerán.

Después del partido de ida, dónde realmente se jugaban el pase (una derrota contundente les hubiese descalificado), el Mirandés tan sólo necesitaba un gol para seguir soñando. Salió valiente, descargando en las piernas y el descaro de Pablo Infante buena parte de sus esperanzas. Sin embargo, Mauricio Pochettino sabía dónde estaba y la que le esperaba. Planteó tácticamente un buen partido, disputado y farragoso. No dejaron respirar, a base de intensidad defensiva y a algún arranque en ataque, al equipo local, y comenzaron la segunda parte con un gol tempranero. La cosa parecía estar decantada. Pero no, esto es Anduva. “Aquí se viene a sufrir” decía el actor principal, Infante. Y así fue. Un gol del mismo, con algo de suerte (tocó en un defensa), valió para darles la chispa adecuada que acabó por electrificar al conjunto perico en el último suspiro, después de que Caneda finalizara un magnífico centro de Infante. El argentino Pochettino se fue jodido, habían dejado pasar una jugosa oportunidad. Ojo a la absurda falta de Galán que, hasta entonces, había realizado un buen partido frenando al puñal mirandés.

En fin, el trabajo de Carlos Pouso (ex Eibar) y sus chicos es un ejemplo de cómo la mezcla adecuada entre modestia, sacrificio, solidaridad,  suerte y valentía, da para obrar auténticos milagros. Anduva parece la puerta del cielo. Y todos parecemos alegrarnos de ello, de que el fútbol, de tanto en tanto, conceda estas alegrías, estas heroicidades, estas hazañas que siguen engrandando la mística especial que tiene este deporte.