Monumento al fútbol.

Habían pasado justo siete días desde que se jugará uno de los clásicos más rancios que se recuerda. El Madrid cayó 1-2 en la ida. La estrategia defensiva (por otra parte, previsible) de Mourinho no resultó más que cuarenta y cinco minutos. Al mal marcador se le unieron los pitos del Bernabéu y el pisotón de Pepe. Feo, todo muy chabacanero. La magia sólo la puso el Barça, como casi siempre.

Y con esas llegamos al partido de ayer. Tocaba remontada, épica. Ni Juande ni Pellegrini ni el propio Mourinho habían conseguido la victoria en el Camp Nou. Salir encerrado atrás era demasiado cobarde, irracional e improductivo. Así que optó por cruzar la línea del medio campo. El Madrid se atrevió a mirarle a los ojos a su rival más acérrimo. ¿Cómo acabaría la cosa? Los menos entendidos hablaban de una goleada culé. El Barça es el mejor equipo que yo haya visto jamás. La tocan que da gusto, te engatusan, lo hacen elegante, piano y te acaban matando cuando menos lo esperas. Todo ello les da un aura, totalmente merecida, de superioridad abismal, incluso respecto al Madrid. Pero ayer, no fue así.

El resultado, las cosas como son, fue injusto. Mereció ganar el Madrid. Tuvo una primera parte esplendorosa que deparó un resultado poco representativo de lo que se había dado en el terreno de juego. Y es que el Barça es así, aún desdibujado tiene jugadores que marcan la diferencia (vaya asistencia de Messi, o qué tiro de Alves). Pero el Madrid persistió, y tuvo su recompensa: dos goles que le daban vida. Al final no pudo ser. Pasó el Barça, quien en el global de la eliminatoria había sido superior y, por tanto, justo vencedor.

Sin embargo, soy de los que opinan que el clásico de ayer marcará una diferencia importante en el devenir de futuros acontecimientos. El factor psicológico está del lado merengue desde anoche. El Madrid le discutió la posesión al Barça, presionó arriba, adelantó líneas ahogando valientemente el juego culé, y creó muchas ocasiones de gol. El Barcelona terminó desdibujado, una caricatura de lo que estamos acostumbrados a presenciar. Sólo le quedaban los chispazos de calidad y orgullo. El Imperi de Pep se tambalea. El míster tendrá que estrujarse los sesos con la idea de superarse, mejorar y volver a aplastar al eterno rival. Por su parte, Mourinho deberá aprender, desde ya, una sabia lección: ataque y valentía. Es la receta idónea. Monumento al fútbol el partido de anoche, de poder a poder. Creo que pasarán muchos años, una vez fuera de órbita estos dos equipazos, hasta que volvamos a disfrutar con algo así.

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