El perverso dilema de Koné.

Cuando Monchi decidió incluir en el contrato de cesión de Kone una cláusula por la que el africano volvería a Sevilla si anotaba 18 tantos, más de uno se lo tomó a broma. La condición en sí, parecía desprender cierta chanza respecto al jugador. A él poco le importaba. Tenía una segunda oportunidad en esto del fútbol. El Levante apostaba por un jugador que prácticamente no había competido en las últimas cuatro temporadas. Y el reto era mayúsculo, pues debía llenar el hueco dejado por Felipe Caicedo.

A Koné no le ha venido grande el traje. Pronto la afición vio que había en él un jugador tremendo. La punta de lanza de un equipo fantástico, el broche idóneo para el ataque. El Real Madrid sufrió en sus propias carnes, allá por la jornada 3, cómo se las gastaba el marfileño. Puro músculo, mucha fuerza bruta, tremenda velocidad en carrera y acierto de cara al gol. Además, brinda un trabajo en bruto estratosférico. Por él comienza la defensa cuando el equipo se agazapa atrás, sabedor, además, de que serán sus piernas, espalda y botas las máximas responsables para armar el eléctrico contraataque levantinista. A ello, únanle los pelotazos en largo de la defensa que tan bien sabe bajar y mantener el africano, rodeado de rivales, oxigenando así las piernas de sus compañeros.  

El Levante ha conseguido devolverle la sonrisa a Koné. Y éste se lo ha agradecido con goles, lucha y entrega. Un trabajo descomunal, colosal. Aquella famosa y guasona cláusula ha tornado por convertirse en una auténtica pesadilla para la parroquia de Orriols. Un gol más y el marfileño deberá hacer las maletas vía Sevilla. Él no quiere eso, y el Levante tampoco. Sin embargo, los blaugrana andan metidos en una lucha tan bonita, tan histórica, tan única, como es la de alcanzar la Champions, que es un lujo desprenderse de su mayor referente. La extraña lesión padecida frente al Granada, parece indicar que el jugador ya no volverá a calzarse las botas esta temporada. Perverso dilema al que está sometido tanto él como el Levante. Sea como sea, a Koné (y a este fabuloso equipo) hay que estarle eternamente agradecido. 

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