Un recuerdo especial.

Paréntesis inicial: también recuerdo el famoso penalty de Djukic, lanzado un domingo 15 de mayo, en 1994. Mismo día en que el Barcelona se enfrentaba al Sevilla de Suker y Simeone, bajo el mando de Aragonés. Tengo la imagen de un Voro abatido en Riazor, y de un himno culé que sonaba más que nunca en tierras catalanas. Unos lloraban y otros reían, así es este deporte.

El Mundial del 94 lo recuerdo con especial nostalgia. Yo era un niño, y mis primeras imágenes de fútbol certeras aparecen justo en dicho acontecimiento (paréntesis). Mi memoria guarda bastantes cosas de ese Mundial. El sentido del espectáculo que consiguieron transmitir los estadounidenses a través de esos colosales estadios. Los míticos álbumes que coleccioné (sí, fueron dos). El empate entre los Estados Unidos (con su estrambótica equipación) y Suiza. Los cinco goles de Salenko. Al bueno de Tsiantakis y el nefasto papel de Grecia. La machada sueca (Dahlin, Brolin, Kennet Andersson) y búlgara (ojo a Letchkov). La locura de Maradona al anotar su tanto frente a los griegos. El golazo de Goikoetxea frente a los alemanes, la disciplina surcoreana y al portero boliviano, Trucco. También el famoso codazo de Tassotti, y el penalty de Roberto Baggio que proclamaba a los brasileños campeones del mundo.

Sin embargo, leyendo la prensa de hoy, hay una imagen que me ha asaltado por encima de cualquier otra: Yekini agarrado a la red de la portería rival, después de haber hecho historia al conseguir anotar el primer gol de las “águilas verdes” en un Mundial. Fue un 21 de junio, a las 19:50 horas, aproximadamente, de Dallas. Nigeria sorprendía a propios y extraños al derrotar por un contundente 3-0 a Bulgaria. Era la primera jornada, la primera piedra para conseguir clasificarse como primera en un grupo durísimo (Argentina, Bulgaria y la débil Grecia). Las águilas consiguieron transmitir algo especial durante aquel Mundial, por eso, quizás, sea mi selección africana favorita. Allí estaban los Okocha, Amunike, Mutiu, Yekini, Finidi, Rufai, Okechukwu, Amokachi, Oliseh o Ikpeba. Dos años más tarde, también en tierras estadounidenses (Atlanta), harían la machada de vencer el oro frente a la todopoderosa argentina. En tal compromiso también contribuyó un tal Nwanku Kanu. Un ciclo de ensueño cuyo broche fueron los octavos de final en Francia 98. Algo histórico, sin duda. 

Yekini, imagino, será un tipo eternamente recordado en su tierra natal. Dio una imagen de fuerza, garra y sacrificio en el 94. Marcó el primer gol de los nigerianos en una cita mundial y posee, ni más ni menos, el récord de goles de las águilas verdes. Los más afortunados, seguro que los hay, guardarán sus cromos vistiendo la camiseta del Sporting.

En fin, quizás sea por el capricho de mi memoria selectiva, o quizás por la magia especial que envuelve a los mundiales, en este caso con especial énfasis, pues hablamos del primer mundial que uno recuerda, pero el caso es que siempre recordaré la imagen de aquel jugador que hoy nos ha dejado a los 48 años de edad.  

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