Hecatombe grogueta.

El descenso del Villarreal me ha sabido especialmente mal. Siempre apena un tanto ver cómo caen a los infiernos equipos históricos como Sporting y Racing, pero el caso groguet es más grave, por inesperado y estrepitoso. Cuanto más alto subes, más dura es la caída.

Equipo emblemático durante los últimos diez años, el submarí ha pagado muy caro una concatenación de errores y desgracias a partes iguales. Lejos parecían quedar tiempos recientes. Tiempos en los que la paciencia era considerada una virtud en las oficinas del club. Había un modelo de juego, un estilo combinativo, de toque y vistoso. Daba gusto ver jugar a los groguets. Además, se esforzaban por tener las cuentas sanas, al día en los pagos. Y no dejaban de lado a la cantera, sin duda una de las claves de bóveda en el proyecto de Roig. En este punto, el descenso es doblemente doloroso, dado que la caída del primer equipo a la división de plata, condena al “B” al verdadero pozo de la Segunda B.

La marcha de Cazorla fue un error. El dinero cobrado por el talentoso centrocampista, se invirtió en mediocridad con nombres y apellidos: Cristian Zapata, Javier Camuñas y Jonathan De Guzmán. Ninguno de los tres, especialmente éste último, ha funcionado. Ya desde julio se arrastraba una mala gestión deportiva, con una plantilla descompensada (una de las peores defensas de la Liga). A tal hecho se le unían las fatales lesiones de hombres clave como Rossi o Nilmar. El paso dado adelante por un crack como Borja Valero no ha sido suficiente para contrarrestar tantas adversidades. Además, Fernando Roig y Llaneza han dado un máster durante esta temporada sobre precipitación y malas decisiones. No se han movido bien entre los nervios, la tensión y ansiedad que caracterizaban a la situación en la que se había instalado el Villarreal. De ello da fe la destitución de dos técnicos (Garrido y Molina), y la mala elección del hombre milagro, Lotina. Ahora,  a toro pasado, también se puede apuntar que faltó algo más de entusiasmo y riesgo en el mercado invernal.

Si hace poco la provincia de Castellón se emocionaba al ver al Submarí entre la jet set europea, ahora les toca arremangarse y ponerse a trabajar desde la humildad. La Segunda exige de esfuerzo continuado, dedicación y constancia. Seguro que en el club han aprendido bien la lección. Y viendo cómo han trabajado los gestores groguets hasta este fatal año, pocos dudan de que el Villarreal estará de nuevo en Primera, más pronto que tarde.

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