Impronta asturiana.

A lo largo de esta tarde acudirá Rubén Suárez al estadio Ciutat de València con tal de despedirse de un club, el Levante, al que tanto ha dado durante los últimos cuatro años. Se marcha, en silencio y cabizbajo, uno de los grandes en la historia de este club. El mediapunta merecía algo más, pero el fútbol, al fin y al cabo, no deja de ser un negocio privado en el que el dinero suele priorizar frente al sentimiento. 

Todo apunta hacia China. El asturiano se unirá a Jordà y Nano en la aventura del Guizhou Renhe. Dice adiós de este modo una auténtica avispa a la que le gustaba merodear el área rival, siempre dispuesta a brindar su mejor picotazo a través de una zurda prodigiosa que tantas y tantas alegrías ha dado a la parroquia blaugrana. Han sido cuatro años de felicidad correspondida. Atrás queda Oliva y aquel extraño agosto en el que Luis García comenzó a cimentar una de las etapas más esplendorosas del Levante. Entre los pocos que se encontraban allí, estaba Rubén. Valiente y aguerrido, deja una impronta que difícilmente desaparecerá. Gracias a su calidad y temperamento ayudó a que este club no cayera en el pozo, terminó subiéndolo a primera y no conforme con la permanencia se atrevió a recitar la palabra Europa. Nos ha dejado goles de aúpa, jugadas de escándalo, asistencias de vértigo, brillantes lanzamientos de faltas y momentos, en definitiva, inolvidables que forman parte ya del imaginario levantinista. 

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