Fútbol total.

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Sin palabras. Así se queda uno tras ver el recital dado por el Borussia de Klopp. Un monumento al fútbol total. Un derroche de velocidad y talento, de físico y clase, de fútbol vertical y juego elaborado. Tácticamente Mourinho fue barrido. Física y técnicamente también lo fueron sus jugadores. Ni un solo emparejamiento individual dio como vencedor a un jugador blanco. Y me chirría sobremanera que un tipo como Gundogan andara tan tranquilo por el centro del campo, distribuyendo y ordenando el fútbol de los suyos con plenos poderes.

Pecaron de pardillos, los madridistas digo. Pensaban que iba a ser fácil. “Si el Málaga casi los elimina, nosotros nos los comemos”, era el pensamiento que pululaba por Valdebebas. Craso error. Primero, porque no conviene desdeñar a uno de los mejores técnicos a los que he tenido el gusto de ver. Hablo, por supuesto, de Manuel Pellegrini. Segundo, porque Klopp y su Dortmund dan miedo (y ya era conocido por todos). Y tercero, fundamental, porque no consideraron el nivel físico del conjunto alemán. Acostumbrado como está el Madrid a ser infinitamente superior a sus rivales en este apartado, anoche no daban crédito a lo que veían.

Cierto es que todo se resolvió en apenas veinte minutos. Fue una segunda parte de escándalo. El gol, hoy por hoy, se llama Lewandowski. Su segundo y tercer tanto son espectaculares, de rematador puro. No es fácil endosarle al Madrid cuatro goles, y menos en una semifinal de Champions. Así que al César lo que es del César. El espectacular Westfalenstadion (ahora llamado Signal Iduna Park) vibró como en las mejores noches de su historia europea. Se respira ambiente de final por las calles de Dortmund. Este Borussia, tan joven y temperamental, anda desbocado. Veremos si soportan la presión del Bernabéu. 

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La noche más triste.

2013_4_23_85Srao13K5EaSQYMUcFNzFue la noche más triste para el barcelonismo desde que Guardiola tomara las riendas del club allá por el verano del 2008. Después de tantos y tantos recitales, de tantas goleadas, de tanta oda al fútbol preciosista… al Barça le llegó su hora. Muchos esperaban, cuchillo en mano, este momento. Ahora es una buena coyuntura para que los oportunistas puedan arremeter contra una idea, contra un estilo. Contra el Barcelona, en definitiva.

La realidad es que no hubo partido. Jamás existió. El Bayern fue un rodillo, una máquina perfectamente engrasada tanto en el apartado físico como en el táctico y técnico. Un equipo que, además, se encuentra en un momento de forma envidiable. No hay quien los detenga. Valga como muestra de ello el hecho de que recientemente la sólida Juventus de Conte encajara un 4-0 en el total de la eliminatoria de los cuartos de final. O que los notables Hannover y Wolfsburgo se llevarán a casa sendos 6-1 en el marcador.

Eso era lo que le aguardaba al Barça. Quien mejor lo sabía era Tito Vilanova. Sabía que era una batalla muy complicada. Difícil salir vivo de tal envite. Más aun cuando gente como Messi, Xavi, Alba o Busquets no andan en su mejor momento físico. Todo se agrava cuando está ausente el gran capitán, Puyol. Pero una idea es una idea. La convicción que ha alcanzado este grupo humano, este club, sobre cómo se debe jugar al fútbol, es poderosa e inamovible. Y tuvieron la valentía de ponerla en práctica de nuevo. ¿El resultado? Una debacle futbolística. Una partida pérdida desde el primer hasta el último minuto.

En cualquier caso, no deberían perder la cabeza por las oficinas blaugranas. El proyecto es bueno, envidiable diría yo. Da la sensación de que anoche fue más una derrota por causas físicas y psicológicas (¿jugó Messi?) que otra cosa. Los picos de forma (tanto física como mental) de ambos equipos estaban en los extremos, y se notó. Pronto volverán a esconderse los agoreros que predican hoy, después del 4-0 encajado, la capitulación del Barça de, atención, Xavi, Iniesta, Messi, Busquets, Piqué, Puyol, Fàbregas, Pedro o Alba. Sobran mimbres, la verdad. 

También conviene atribuir el mérito que le corresponde a Jupp Heynckes, el técnico más infravalorado de la historia reciente. Ha sabido construir un auténtico coloso. Es el Bayern de Munich. Principal favorito, hoy por hoy, para vencer la orejona. Sólo con recitar la alineación, los rivales ya se inquietan. Sobre el tapete, dan miedo. Cosas de la Champions.   

Juan Carlos Valerón

Sábado, 18 horas. Tarde soleada de abril, apacible. Un momento perfecto para jugar al fútbol. Uno, seguidor granota, acude al estadio y sale irritado, lamentándose por el 0-4 encajado. Qué le vamos a hacer, piensas. Poco se le puede achacar a un grupo, esta plantilla del Levante, que tantas y tantas alegrías nos ha dado. Un tropiezo, a estas alturas de la temporada y con la merma física que se arrastra, no deja de ser normal. Una anécdota.

Pero bien, entre lamentos y el finiquito de saber que no vas a jugar la temporada que viene en Europa (qué osadía de silbar a este grupo de futbolistas… ¡Europa!), aparece una luz brillante. Tiene forma humana. No es alto, rápido ni fuerte. Más bien parece un enclenque. Es un futbolista de otro tiempo, de otra época. Se llama Juan Carlos Valerón, y sale del Ciutat de València sabedor de que ha dado un recital. Una lírica obra que levanta los ánimos de los seguidores coruñeses y envenena el ambiente de la hinchada levantinista. 

Cuando los rivales aceleran pulsaciones y zancada, él se detiene, anda, observa. Combina la pausa con un ligero trote. Acaricia el balón como si fuese su propio hijo. Espera el momento idóneo y el espacio perfecto, con la serenidad de saber que su pase va a hacer jugar al equipo. Sabe mejor que nadie que él marca la diferencia. Tiene 37 años, mil batallas en el cuerpo y un historial digno de admiración. No sé si el “Flaco” necesita al fútbol (o al Deportivo) para ser feliz. Lo que sí parece claro es que el fútbol necesita artistas de la talla de Valerón. Así que uno, al fin y pese a la derrota de su equipo, se marcha orgulloso por haber disfrutado in situ de uno de los mejores estilistas de nuestro fútbol. Maestro entre maestros.

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