Volvió a sonar la melodía.

Andres-Iniesta-escapa-Gargano

Confirmado, España tiene sed de títulos. Anoche esperaba esperaba un equipo cargado de oficio, Uruguay. Pero poco pudieron hacer. No hay piernas, músculos y pulmones suficientes para contener la mortal alegría del juego español. Pronto se supo que el nivel de España es de una superioridad sideral comparado con cualquier otro equipo. No le tienen miedo a nada ni nadie. Son los mejores, y lo han demostrado desde que alcanzaran la victoria en la Euro ’08. La suerte es poder contar con esta hornada de jugadores, alternando además, en la confección del once, jugadores de distintas generaciones. Y lo bonito es vislumbrar el paisaje futuro, con gente como Isco, Illarramendi, Muniain o Thiago en lista de espera, dispuestos a dar el salto de calidad.  

Ayer Vicente Del Bosque se decantó por variar el sistema. Modificó su doble mediocentro. La baja de Xabi Alonso no fue sustituida por el colosal Javi Martínez, sino que se decantó por fijar a Fàbregas de 10, jugando con total libertad, y a Soldado de nueve puro. Le salió redonda la jugada. El centro del campo fue, de nuevo, fantástico. Combinaron la plasticidad y la pegada, el arte y el oficio. Es una maravilla ver jugar a este equipo.

Busquets fue dueño y señor de su parcela, todo comenzaba por él. Pedro se vació en defensa y dio lo que siempre da en ataque: garra, carácter y gol. Iniesta es un regalo para los sentidos, el genio por excelencia, maestro del regate y la asistencia. Además, Fàbregas, jugando como jugó anoche, no admite comparación.  ¿Quién resta? Pues el mejor jugador español de todos los tiempos: Xavi Hernández. Volvió a dominar el tempo del partido, aniquilando al rival con la velocidad de sus pases al primer o segundo toque, llevando la batuta, con gusto, inteligencia y precisión, del mejor equipo del mundo. Sin duda, el jugador más necesario para este equipo. El insustituible, diría yo. La defensa, por su parte, fue un derroche de seriedad y contundencia. Y Soldado, muy participativo y entregado, gustó a todos, permitiéndose el lujo, además, de anotar el segundo tanto del equipo. ¿Casillas? Un mito que todavía, mal que le pese a José Mourinho, es una realidad.

El partido fue una nueva obra de arte. Un admirable lienzo futbolístico que nos exhibió una primera parte de absoluta fantasía. La Roja no tiene la Confecup en su palmarés, y ello es una motivación extra. Pero, sin duda, el oxígeno de este equipo es su afán por la victoria, su entrega a la superación y su férreo convencimiento de querer marcar una época. Estamos en Brasil, una de las industrias más importantes del balompié. Neymar firma autógrafos y ocupa portadas. La magia brasileña está en el aire. Maracaná se presenta como el mejor de todos los escenarios para una final. Y España, mientras tanto, sigue jugando al fútbol.  

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