Vuelve el Gran Torino.

El pasado domingo más de uno se alegro cuando leyó la prensa deportiva. El mítico Torino, después de tres temporadas de naufragio en la Serie B, volvía a la máxima categoría del calcio italiano. Era una prueba más de fe por parte del conjunto grana. Un nuevo obstáculo salvado.

La desgracia ha perseguido al Toro desde el año 1949. Fatídicos recuerdos sobrevuelan la cabeza de los aficionados más viejos del lugar. Fue el año en que el Gran Torino, equipo que había logrado cinco títulos de Liga consecutivos (43, 46, 47, 48, 49), pereció al estrellarse el avión trimotor que les trasladaba contra la Basílica de Superga. Hubo, en el plano humano, unos treinta muertos. Y en el plano deportivo una auténtica tragedia para los grana, y la azzurra. El mundial del 50 forjó la leyenda del cattenacio italiano (había pocos recursos), y comenzó el imperio de la Vecchia Signora, construido por los Agnelli, quiénes aprovecharon el vacío dejado por el Toro.

Ahí comenzó una andadura de infortunios, despropósitos y calamidades. Desde entonces, a sus aficionados no les queda otra que encomendarse al estoicismo. Caer y levantarse. Este ascenso sabe a gloria, y el malherido calcio lo agradece. Vuelve el derbi turinés. Vuelve un histórico, poseedor de siete Scudetto. La gente se alegra y lo celebra, pues no hay más que ver el ambiente que se vivió en el Stadio Grande (Olímpico de Turín) el pasado domingo para cerciorarse de que al Toro todavía le queda recorrido.

Ce ne andiamo a Madrid

No lo recordaba. Fue haciendo zapping, mientras me asqueaba de los partidos de Racing y Valladolid, cuando me topé en Canal+ Fútbol con la joya del día: la finale di Coppa italiana. Un Inter-Roma que es este año algo así como lo del Madrid y Barça en España (al menos, éstos han dejado la Copa de migajas).

Fue un partido bronco y copero, que se suele decir. Un partido igualado, pese a la irritante retransmisión de, paradójicamente, dos grande de ello como son Sixto M. Serrano y Maldini. Un partido debe ser tratado con mayor objetividad, por mucho que sean de fuera. Ellos apuntaron que la Roma sólo hizo que pegar, lo cuál es cierto. Pero hablando en niveles generales, la distancia entre unos y otros no fue excesiva. Hablando claro, el Inter no le dio ningún baño anoche a la Roma. De hecho, más allá de la individualidad, y el golazo que supuso, del Principe Milito, y disparos esporádicos de Ballotelli, no le recuerdo nada más a los neroazzurri en ataque. Por otro lado, la Roma tuvo las suyas, que fueron pocas, pero que tal vez si Julio César no hubiese sacado una mano salvadora, estaríamos hablando de otra cosa.

En los minutos finales la tensión y los nervios palpables durante todo el partido hicieron mella con mayor intensidad. El cansancio, la rabia por perder en tu ciudad y frente a tu gente, y la frustración de comprobar que el Inter parece que no le dejará ningún trofeo que alzar, provocaron agresiones y situaciones impropias de un club señor como es la Roma. Paradigmático fue lo de Totti, un ídolo, propinando sendos toquecitos (a Motta y Ballotelli) a la cabeza de éstos con su pie, o una brutal y alevosa (como dijo Sixto) entrada por detrás a Mario. En definitiva, que el Inter ganó. Maquiavelo ya tiene un título, y sus tiffosi parecían clamarle más con esa pancarta que decía “Che cosa vogliamo? Vogliamo tutti“. Puede haber triplete histórico, y de eso que me alegro por un club tan sufridor como el Inter. Aunque ayer yo iba con la Roma, no me disgustó ver como sonaba ese himno de Amala, pazza Inter amala! al tiempo que lo coreaban sus tiffosi, y sus grandes jugadores. Unos jugadores que también avisaron de sus intenciones entre gritos, jolgorio y bailes, al canturrear aquello de “ce ne andiamo a Madrid, ce ne andiamo a Madrid!!”. Es el grito de guerra. Es su año. Falta muy poco para culminar el sueño, un, hasta hace poco, utópico triplete.

 

Historia de una desgracia.

Cuentan los entendidos, los viejos sabios del fútbol, que hubo un equipo en la década de los 40 a los que nadie parecía plantarles batalla. Un equipo que destrozaba a sus rivales a golpe de buen fútbol y calidad.

Todo se había gestado a inicios de los 40, en plena guerra, cuando Ferruccio Novo, presidente del Toro, “robó” del Venezia sus dos grandes estrellas: Mazzola y Loik.

En 1943 la cosa comenzó a dar sus frutos, y el Torino se llevó el scudetto. La doble invasión sufrida por Italia en el 44 dejo sin torneo al país transalpino. Pero con la vuelta de la competición en el 46, volvió el equipo al que se conocería como el Gran Torino.

Cuentan los sabios que el Gran Torino sólo jugaba con dos centrales. Una filosofía clara con vistas a la puerta contraria. Ataque y ataque. Fue la premisa que llevó a marcar uno de los ciclo de oro del calcio italiano. Cuatro títulos consecutivos (46,47,48,49), cinco si contamos el del 43, forjaron la leyenda.

Nadie podía con ellos, ningún rival les batió. Pero un 4 de mayo de 1949 llegó la tragedia. Un enemigo al que no pudieron hacer frente: el destino. El destino hizo que el avión con trimotor Fiat que trasladaba al mítico equipo se estrellara en la basílica de Superga a 20 km. de Torino. Curiosamente, por poco no subió a ese avión un joven exiliado del Este al que el Toro había rechazado llamado Kubala. Aquello fue una tragedia. La muerte del buen fútbol.

Cuenta Enric González, en un artículo publicado en El País, que era tal la influencia de aquel equipo, que posiblemente si no hubiese sido por aquel fatídico accidente, el cattenacio nunca hubiese existido, pues hay que recordar que el Gran Torino formaba el bloque de la Italia que debía disputar el Mundial del 50, y del cuál era la gran favorita. Mundial que tuvo que afrontar con un equipo de circunstancias y agarrándose a la defensa y a la estrategia para tratar de hacer un buen papel (cattenacio). Filosofía que, desde entonces, impregnó al fútbol italiano.

Cuenta González, que probablemente nunca hubiese existido Maracanazo en el 50, porque la Italia del Gran Torino hubiese arrasado. Cuenta también que de no haber sido por el destino, la gran Juventus, propiedad de los Agnelli, jamás hubiese existido con tan gran fuerza, pues precisamente aprovechó el vacío dejado por el Gran Toro para alzarse con la supremacía en la ciudad y en el país.

Por si fuera poco, la tragedia del equipo grana no acabó ahí. Tras la pérdida del Gran Torino, en 1967 la emergene estrella nacional, Gigi Meroni, la farfalla granata, y estrella del Torino, estaba llamado a reencarnar la vuelta al poder del Torino. Cuentan que era un tipo extrovertido al que se amaba y odiaba en la misma proporción. Sin embargo, nada de eso tendría que ver con su muerte. A la salida de un partido, y con 24 años, Gigi Meroni fue atropellado accidentalmente y mortalmente por un joven de 18 años admirador suyo. Fue otro terrible suceso. Una desgracia más para la historia de un club que de eso sabía ya mucho. Sobra decir que no hubo resurrección del Torino.

Aquel joven depresivo y que jamás supo superar aquel atropello de su gran ídolo, se llamaba Attilio Romero. Curiosidades del destino, 22 años después de aquello, en 1999, Attilio se convirtió en presidente del Toro. Quizás en su obsesión por devolver la grandeza robada, Attilio quisó hacer un Torino grande, sin embargo, gastó más de lo que poseía y el equipo sólo supo encadenar ascensos con descensos. Además de una ruina económica.

En el 2005 y como última desgracia, el Toro tuvo la mala suerte de caer en las manos de un ex-asesor personal de Silvio Berlusconi, Urbano Cairo. Un mafioso de poca monta con aires de grandeza. Obviamente no supo gestionar el negocio. Bailó a los entrenadores provocando una de las circunstancias más cómicas jamás vista y es que encadenó hasta tres técnicos en dos etapas distintas de manera consecutiva.

Todo esto, esta historia de desgracias, viene a cuento de la punta del iceberg contra la que estrelló el Torino el pasado domingo. Un nuevo descenso hacia la serie B. La última desgracia en la historia de un equipo sufridor. Un equipo que hace justo 60 años era todo esplendor y gloria. Pero llegó Superga. Se fue Meroni. Vino Attilio. Y cayó Cairo. El Toro es la desgracia hecha equipo de fútbol.