Rei de copes: XXV.

Homenaje al fútbol lo de anoche acontecido en el acogedor Mestalla. El partido comenzaba en la grada. No había color, parecía que el Athletic jugaba en casa. Había sintonía, buen ambiente entre ambas aficiones. Incluso los propios bilbaínos denunciaban a un sucio agresor de Alves. Ejemplo a seguir.

Batalla en la grada aparte, el partido comenzaba con un Athletic enchufado, motivadísimo. El Barça no encontraba su fútbol, parecía oxidado. Y, con esas, llegó el gol de Toquero en un córner, el gran peligro del Bilbao.

Mestalla enloquecía. El Athletic se lo creía. El Barça no daba señales de vida. Pero, de repente, apareció un chispazo de Toure Yaya, un golazo ensuciado por su corte de mangas a la afición bilbaína. Era el 1-1. Tablas al descanso.

En la segunda mitad apareció la magia. Diez minutos bastaron para liquidar a los leones. Messi, Bojan y Xavi de falta aniquilaron cualquier esperanza de victoria para el Athletic. El Barça se encontró cómodo. Tocó, trianguló, mordió. Era el Barça de Guardiola. Los de Caparrós ya nada pudieron hacer más que perseguir sombras. Una vez pasado el arreón que venía de la grada, la realidad saltó al cesped y lo reflejó bien claro, el Barça era infinitamente superior futbolísticamente hablando.

Fue muy duro para un Athletic convencido de que podía lograr la hazaña. Un Athletic movido por la marea de aficionados que habían invadido las calles de Valencia. Los rostros de Etxeberría, Iraizoz, Yeste, Amorebieta, Ocio, Toquero y etcétera reflejaban, entre lágrimas y sollozos, la pena de no haber podido brindar a la afición un título 25 años después. Con el tiempo, se darán cuenta de su gesta, porque las finales para perderlas hay que jugarlas. Y el Athletic estuvo ahí, un 13 de Mayo de 2009 en Mestalla, disputándole un título a un todopoderoso Barça.

Un Barça, cuyo primer título de esta temporada (puede haber triplete, y mínimo doblete), su XXV particular en su palmarés de Copas, rinde tributo al mejor fútbol. Reflejo de que para ganar no sólo esta la vía del pragmatismo. También se gana con arte, que se lo digan a Pep y su tripulación. Que le digan que también se puede perdurar en la memoria, y de qué manera, jugando bonito al fútbol y ganando títulos, recordando a equipos sensacionales como el Madrid de Di Stéfano, la naranja mecánica de Cruyff, el Ajax del propio Cruyff, el Milán de Sacchi, el dreamteam de Cruyff (¿Cuántas veces he nombrado a Cruyff? ¿Por qué será?), Brasil, en cualquiera de sus vertientes, excepto en la de Dunga, y principalmente el Brasil de los 70,  Argentina (Maradona), los galácticos de Florentino encabezados por un genio como Zidane o la España de la Euro2008. Sí, el buen fútbol también tiene su recompensa. No sólo la de perdurar en la memoria de los románticos del fútbol, también en aquella memoria que deja grabado tu nombre en los palmarés.

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Nostálgica final.

Los dos conjuntos que se enfrentan hoy en el viejo Mestalla, le deben mucho a este torneo. La prueba es que ambos son los reyes de copas nacionales. El Barça posee 24 títulos y el Athletic 23, ahí es nada.

Es una final un tanto nostálgica. Nostálgica en el sentido de rememorar los buenos momentos que brindaron a instituciones, Barcelona y Athletic, tan acorraladas en el auge del imperio madridista. Ambas, sobre todo el Barcelona, encontraban refugio a su frustración liguera en este trofeo, la Copa. Aquella Copa que salvó el cuello de Cruyff allá en el año 90, y que paradojicamente sirvió de lanzadera para un club que desde entonces se convertiría en el dominador de la Liga española y en una de las potencias europeas. La Copa, ese trofeo tan tradicional de nuestro fútbol, modernizó al Barça. Salvo a Cruyff, con todo lo que eso conllevó en los años posteriores. De hecho, se podría decir que la final que disputará hoy el Barça de Pep no es más que un reconocimiento, una consecuencia directa de aquella final del 90. Una consecuencia del fútbol artístico y lírico que se instauró con el holandés, con el cruyffismo.

El Athletic, por su parte, encuentra 25 años después un momento para inundar de alegría las calles de Bilbao, dibujar una sonrisa en los aficionados, en los feligreses de la Catedral. Aficionados, que apenas recuerdan las hazañas coperas de su equipo, muchas de ellas acrecentadas por la leyenda, por el blanco y negro, por el mito de aquel Athletic copero.

Se enfrentan dos históricos nacionales. Dos equipos que combatieron, sin recompensa, el monopolio liguero de la capital de la nación, aquel que ostentaba, principalmente, el imperial Real Madrid y, secundariamente, su vecino pobre, el Atlético.

Dos equipos que durante aquellos años de aletargamiento liguero, encontrarón su refugio, su esperanza, su ilusión en el torneo copero. Su torneo.

Su torneo hasta los años 90. La globalización llegó al fútbol. Y con ella la modernización, cruyffista, del Barça. Un equipo que manda en España. Un equipo, que quizás, sea el paragidma a seguir. Modernidad materializada a través del buen trato a la cantera, siete juegan en el once titular, combinado con la llegada de extranjeros  que aporten un plus de calidad al equipo. El Barça aporta el ejemplo a seguir por el resto de equipos. Un paradigma que entrelaza el buen trato a la gente de casa con la llegada de lo foráneo.

En el otro lado, está ese tradicional Athletic. Una institución que se aisló, y pagó con sequía de títulos, de la modernidad, de lo globalizado, de la transfronteriza Ley Bosman. Siguen apostando, malamente, por su cantera. Lo hacen de manera desordenada, sin rumbo a seguir, perdiendo el norte. Sacando chavales de 17, 18 años que apenas disfrutan de continuidad. Sin un modelo estable, dejando el cargo del equipo en manos de tan diversos entrenadores: Heynckess, Irureta, Txetxu Rojo, Mané, Sarriugarte, Mendilibar, Luis Fernández, Valverde y, ahora, Caparrós.

No encuentran su modelo. En los últimos años han estado apartados de los puestos que le corresponden por historial y palmarés. Han jugado con el descenso, ese que nunca han vivido. Sin embargo, hoy tienen la oportunidad de volver a hacer historia, de regalar a su sufrida y fiel afición un gran triunfo. Un triunfo que premiaría la tradición bilbaína y, quizás, serviría para relanzar su proyecto. Un proyecto necesitado de aire fresco.

Unos y otros se acogen a la nostalgia de la Copa, a sus noches épicas. Es, indudablemente, su torneo. Para unos sería el reconocimiento del trabajo bien hecho. Para otros sería un logro épico, un canto al tradicionalismo. Habrá que disfrutar de esta gran final.