Punto y seguido.

Ballesteros ponía punto y seguido en la tarde de ayer a su estancia en el Levante. Fue una despedida emotiva, bonita. Una adiós idílico, respetando las formas y respetándose las partes. Pocas veces las cosas terminan así de bien, pero él, la verdad, se lo merecía.

“El Levante me hizo futbolista”, decía. Y es que lleva al conjunto de Orriols en la sangre. Desgraciadamente ya no encaja en el proyecto de regeneración que tanto Manolo Salvador como Quico Catalán han decidido llevar a cabo para la temporada 2013/14. Pero él ya tiene ganado el cielo. Bajo su comando, desde que regresara en la temporada 2008/09, el Levante ha vivido la mejor etapa de su centenaria historia. Una estancia necesaria en la categoría de plata, un histórico ascenso, la agónica permanencia en la élite, el liderato y el sueño de Europa, la consagración y estabilidad. 

Decían de él que era un tipo agresivo, y yo nunca le he visto una mala acción con el rival. Decían de él que era lento, y venció en carrera a Cristiano Ronaldo. Decían de él que estaba acabado, y todavía nos ha dado cinco temporadas de esplendor. Decían de él muchas cosas, y por fortuna el tiempo pone a cada uno donde se merece. Se marcha pues uno de los jugadores más valerosos, impetuosos y nobles que ha tenido este club. Alto, fuerte y rocoso. Un central con perfil de estibador que siempre se ha entregado con honra a su oficio. Duro y expeditivo, ‘Papá’ ha marcado una época gloriosa en su club de toda la vida. Deja el dórsal 18 libre, pero siempre será eterno capitán de Levante. 

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Eternos capitanes.

El fútbol valenciano ha perdido mucho estos días. Dos de sus emblemas dicen adiós. Ninguno por voluntad propia. Primero fue David Albeda, ahora Sergio Ballesteros. Tanto la parroquia ché como la granota pierden a dos de sus referentes, a dos de sus ídolos. Esto también es fútbol. 

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Del 6 valencianista nunca me cansaré de ensalzar su figura. Para mi ha sido uno de los jugadores españoles más importantes de la primera década del siglo XXI. El mejor cierre defensivo que yo he visto, al mismo nivel de hombres como Gattuso o Makélélé. Sucede que este estilo de jugador no vende portadas ni camisetas. Pocos valoran su dedicación y entrega a este oficio. Sin embargo, ahí estuvo David Albelda para capitanear la mejor época de la historia valencianista. Y. háganme caso, sin él nada hubiese sido igual.  

Otro eterno capitán es Sergio Ballesteros. El de Burjassot ha visto como la marea desestabilizadora surgida a raíz del día del Depor también lo ha arrastrado. Lástima. Creo, honestamente, que todavía tenía fútbol en sus piernas. Me cuesta creer en el argumento deportivo mentado por Manolo Salvador y Quico Catalán. En cualquier caso, es lo que hay. El proyecto regeneracionista surgido en Orriols ya no contará con ese corpulento central, más parecido a un estibador que a un futbolista, que lideraba a su equipo mientras atemorizaba a los atacantes rivales. En el recuerdo y bajo su comando quedan muchos momentos inolvidables, preciosos. Ha sido parte, y fundamental, de la mejor etapa en la historia del Levante. Eterno Capitán.

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Pues así, se van. Atrás queda todo lo vivido junto a ellos. Momentos, como ya hemos dicho, imborrables. Protagonizan, por sí solos, un anecdotario digno de contar a cualquiera. Horas y horas de tertulia recordando las hazañas de estos dos gladiadores. Confiemos en verlos pronto en los despachos, cerca del verde, ayudando de alguna manera a engrandecer a los clubes que llevan en su corazón.    

Puchades, inmortal.

Ayer se marchó para siempre Antonio Puchades, ‘Tonico’. Alcanzaba así la inmortalidad, pues su nombre difícilmente será olvidado por el fútbol español y valenciano. Nacido en Sueca, pronto dejó su pueblo natal para enrolarse en el proyecto valencianista, al cual capitaneó durante doce temporadas.

Portador del ‘6’ en su zamarra, dicen de él que “ha sido el mejor jugador de la historia del Valencia”. Lo dice otro seis inmortal, David Albelda. Somos muchos los que no le vimos jugar. Pero nos basta la leyenda, las instantáneas en color sepia y un poco de imaginación, para saber que Puchades ha sido uno de los grandes nombres que ha tenido el Valencia a lo largo de toda su historia.

Tipo humilde y bondadoso, cuentan que la llamada para jugar con la selección española le sorprendió a mitad mañana, mientras recogía patatas en su campo. Nunca quiso cambiar de club, ni dejar su tierra. Fue feliz entregándose al equipo de sus amores. No creo que nadie olvide a Puchades nunca.

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Estrella fugaz.

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No recuerdo en qué momento ni con qué entrenador debutó Rubén De la Red con la camiseta blanca del Real Madrid. Me viene a la memoria una tijera desde el suelo, en sus primeros partidos, de ese chaval que ya despuntaba desde sus inicios.

Sin embargo, la calidad del nativo en el Madrid no sirve. No te haces un hueco en el primer equipo, salvo contadísimas excepciones. De la Red tuvo que emigrar, pero no lo hizo muy lejos. Se marchó a Getafe.

Allí gozó de los minutos con los que no había gozado anteriormente. Lauudrup, el entrenador por aquel entonces de los azulones, lo puso a jugar como fijo. En el mediocentro se hizo el dueño y señor. No era un destructor moderno, de esos que simplemente corren, la roban y se la dan al compañero más cercano. Él era distino, algo así como un Xabi Alonso o un Marcos Senna, sus compañeros en la triunfal Eurocopa.

De la Red poseía el don de la elegancia. La elegancia con el balón en los pies. Parecía que jugaba a otro ritmo. Su porte era inconfundible, siempre con la cabeza alta, memorizando cada espacio del terreno de juego, sabiendo dónde colocar la pelota. Si tuviera que describirlo con un sólo adjetivo, diría el de elegante.

Ese año logró cosas muy importantes. Fue uno de los protagonistas en la hazaña de la UEFA con el Geta. Estuvo en la final de Copa. En Liga agradó. Y en verano, se ganó el puesto en la selección para la Eurocopa, con la que saldría victorioso y aprovechando sus escasos minutos, pues marcó un gol. Todo ello en un simple año. Demostró lo que valía. Y el Madrid lo repescó. Llevaba camino de grande. Pero el corazón le dió un susto en Irún. Probablemente allí acabó la vida futbolística del madrileño. Ojalá que vuelva, pero prima más la salud. Más aún después de las tragedias de Puerta y Jarque. A Rubén el destino le dió una segunda oportunidad. Es hora de pasar página y abrir nuevos caminos. Es un chaval, 24 años. Con todo, De la Red perdura en la memoria del aficionado medio como un jugador exquisito y de buen trato con el balón. Lo mejor que salió de la cantera merengue en muchos años, que no es poco.

No Totti, no party.

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A comienzos de siglo se consagraba una auténtica estrella en el país de la bota, Italia. Su nombre Francesco. Un chaval un tanto vulgar e impresentable en su forma de ser, pero un auténtico poeta cuando se ponía a jugar a calcio. Totti, ya desde su juventud, juró lealtad a su equipo de toda la vida, la Roma.

Para los amantes del fútbol y de los grandes futbolistas, fue una lástima esta promesa. Era una promesa que le impedía jugar en uno de los grandes de Europa, le arrebataba la oportunidad de alcanzar balones de oro y orejonas. Ese chaval fanfarrón había hecho oídos sordos a su cabeza, siguió los dictados de su corazón.

Su momento de máxima gloria fue cuando alcanzó en 2001 el título de liga con su equipo. Ese Scudetto tenía un sabor especial. Muchos años después, la ciudad de Roma disfrutaba de la gloria de ser campeones. Con él en el terreno de juego, hemos visto crecer a la Roma. Que duda cabe que les ha faltado rematar la faena. En Europa, su asignatura pendiente, siempre parecieron ir de tapados, pero nunca se destaparon. Los cuartos de final fueron su cruz. En Italia, aparte del campeonato del 01 no hubo más fortuna a pesar del estético juego desarrollado tanto por Capello (sí, jugaba bonito y todo) como por Spalleti.

Ahora, Totti ya no es el de antes. Y eso la Roma lo ha notado. Para la temporada próxima no estarán presentes en la Champions. Mal síntoma para un equipo habitual en las últimas ediciones. Las lesiones lo han roto, lo han ido minando poco a poco. El día del Arsenal fue un ejemplo contundente de ello, un capitano que no podía más que cojear en el partido más importante de la temporada. A pesar de ello, a Totti le han renovado por cinco temporada más. Tiene 33, jugará hasta los 38. Para un tío tan cascado en lo físico como él, la cosa sorprende. Además, en una economía limitada como la de la Roma, hacer un esfuerzo por un jugador tan pasado de vueltas, parece un esfuerzo un tanto alocado. Para mí, no. Totti es Totti.  

Bobo.

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Christian Vieri ha sido un jugador atípico. Se le podría considerar el mejor 9 puro que ha dado el fútbol en los últimos años. En el caso italiano, no hay duda, ha sido el mejor. Su ausencia, aún se nota en la azzurra, no han cubierto su hueco los Iaquinta, Gilardino o Luca Toni. Lo extraño del caso, es que Vieri, ese rematador nato, ha jugado en la friolera cifra de 13 equipos.

Prato, Torino, Pisa, Ravenna, Venezia, Atalanta, Juventus, Atlético de Madrid, Lazio, Inter, Milan, Mónaco, Atalanta bis, Fiorentina y Atalanta bis. Viajar ha viajado lo suyo. Lo raro es que no se aposentará, no echara raíces en ninguna parte, teniendo en cuenta su calidad, claro está. Las malas voces hablan de su fuerte carácter como detonante de esa aversión suya a mantenerse firme en un lugar.

El prestigio internacional le cogió con 24 años. Es decir, no era una promesa. No es un caso tan extremo como el de Luca Toni, pero tampoco es comparable al de Benzema. En el 97 lo firmó la Vecchia Signora, y allí se lució. Enchufó 20 goles, suficiente razón para que Jesús Gil lo fichará. Su paso por España fue efímero, pero fructífero. Una sola campaña, pichichi. Marcó 24 goles y, para no variar, se marchó levantando una polvareda espectacular cuando a punto de terminarse el plazo de mercado estival, hizo las maletas y se fue a la Lazio, dejando sin tiempo de reacción al Atleti.

En la Lazio, una potencia en aquel entonces, volvió a hacer goles y volvió a hacer las maletas al año de llegar. Ahora con destino al Inter de Moratti. Allí se asentó. Fue capocannonieri del campeonato. Hizo infinidad de goles. Pero, como siempre, salió por la puerta de atrás. Y además, en dirección al equipo vecino, el Milan.

Al Bobo, le recordamos como un killer puro. Un tío de área. Gran rematador de cabeza y con una zurda efectiva a más no poder. Podía pegarle extremadamente bien o extremadamente mal, ya fuera rozando la pelota, llevándose medio metro de césped al golpear el balón o podía tropezarse y mientras caía rematar de mala manera, fuera como fuera, el balón acababa dentro de la red. Vieri era un grande. Uno de los mejores delanteros que he visto. Tengo en mi retina, no sé por qué, un gol frente a Ecuador en el mundial 2002 en el que en carrera se marchó del central, tropezando éste, y en dos ocasiones lanzó a portería consiguiendo en la segunda intentona el gol. Es una jugada definitoria de él. Un incansable explorador del gol. Lástima que aquel gigantón con alma de rebelde olvidará su olfato goleador al salir del Inter. Se convirtió en lo que es hoy, un tipo alto, de anchos hombros, tosco, al que parece que las rodillas le pueden flaquear de un momento a otro. Le ha llegado la hora de decir adiós. Pero en el recuerdo ha dejado cantidad de goles, de todos los colores.

Patapalo.

Esta historia la protagoniza un chaval de una favela brasileña al que llamaban Patapalo. Ni que decir tiene, que si el pobre chaval vivía en una favela, tenía muchas posiblidades de ser pobre. Y así era. Sus padres, padecían lo impadecible para llevarse algo a la boca, a la suya y a la de su familia. Patapalo, como pasaba hambre y rozaba la desnutrición, vagabundeaba por los distritos mas “burgueses” de la ciudad en busca de algo de pan.

Patapalo, quizás por los problemas a los que le había sometido la vida, decidió, como muchos otros chavales, ocupar su tiempo jugando al fútbol. Pero aquí, también tenía un problema. Patapalo tenía unas piernas largiduchas, finas y curveadas. En algunos momentos, parecía incluso que cojeaba. Sin embargo, no fue motivo para abandonar a su amor, el fútbol. Tampoco lo fue el que cada día que iba a entrenar debía recorrerse 40 kilómetros andando hasta el entreno. Decidió no abandonar cuando su principal valedor, su padre, sumándose a la vida desgraciada que llevaban, fue atropellado por un autobús. Patapalo no se rindió.

No se sabe cuando, a Patapalo le llegó su hora. Un técnico de reconocido prestigio, Luxemburgo, lo descubrió mientras observaba un partido. Aquel chico flacucho, de piernas largas y finas y con síntomas de cojera no parecía el más idóneo para apostar por él como caballo ganador. No obstante, Luxemburgo lo hizo. No tardó mucho en hacerlo debutar con el Corinthians. Ni él en triunfar. Triunfo tanto que se marchó al Palmeiras, y de ahí, con ya un gran prestigio nacional, a Europa, al Deportivo de la Coruña.

A base de rabonas, regates increíbles, chilenas y saques de falta espectaculares, Patapalo se convirtió en una de las estrellas de la Liga. Duró poco su estancia en A Coruña. Al verano siguiente ya lo había firmado el Barça, 4.000 millones de las antiguas pesetas pagó a toca teja el conjunto culé.

Allí, Patapalo, cumplió su sueño. Mostró su valía, su fútbol. Honró a su padre fallecido cuando conquistó el Balón de Oro en el 99. Es decir, cuando fué el mejor jugador del planeta. Su gloria se extendió hasta el Mundial de Corea y Japón del 2002. Allí tocó el cielo proclamándose campeón del mundo con la canarinha.

Pero Patapalo tampoco tuvo suerte a partir de ahí. Berlusconi se lo llevó a su Milan. Allí Patapalo no fue feliz. Calentó mucho banquillo. Se apagó definitivamente aquella mirada ya de por sí apagada y triste. No volvimos a ver aquellos regates increíbles o aquellas maravillas de goles nacidas de sus piernas. Patapalo, aquel chico que creció cercano a la desnutrición, al hambre, devoró el fútbol. No sabía jugar en equipo. La palabra colectivo no existía en su mente. Quizás fuera por su tristeza crónica. Por aquellos ojos melancólicos. Por su dura infancia y tragedia familiar. Él siempre jugó con la cabeza gacha y con la portería entre ceja y ceja. Aquel muchacho al que llamaron Patapalo despectivamente, era conocido, por supuesto, como Rivaldo.

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