El último gran recital.

Nos situamos en un 27 de septiembre de 2003. El Real Madrid, en plena era galáctica, llega a Mestalla con la ambición de la victoria, sabedor de que este partido tiene una trascendencia vital para el devenir de la Liga, pues son tiempos en los que la misma no sólo es cosa de dos, tiempos en los que en A Coruña y Valencia se permiten el lujo de incordiar a los dos colosos del país.

En plena constelación merengue aparece una estrella de importante candor: Ronaldo Luís Nazário, la guillotina de cualquier defensa. Atarlo en corto es poco menos que una utopía, en muchos casos, para el defensor de turno. Todos saben de él que, simplemente, es el gol hecho futbolista. Poco importa que ande fornido y con la rodilla timorata, pues Ronaldo olfatea el gol como hiena que acecha a su presa.

El atacante carioca presagia en la previa del encuentro un divertido baile con Ayala. Sin embargo, Benítez cambia la baraja de cartas y deja fuera del once al ‘Ratón’. En su lugar entra un joven natural del Puerto de Sagunto. Le ha llegado su oportunidad, su momento. Otro peón más a las órdenes del imponente Cañizares. Su nombre es David Navarro, y tiene la difícil tarea de maniatar al ciclón brasileño. Para sorpresa de muchos, lo hace. Es una noche aciaga para Ronaldo, la peor de sus pesadillas. Le aguarda un recital de astucia, colocación, potencia y anticipación del que no logra desenmarañarse. David tumba a Goliat.

El resultado global es un 2-0 favorable para los locales. El Real Madrid se marcha de vacío, Mestalla vibra y David Navarro disfruta de esa sensación especial que acompaña al trabajo bien hecho. Muchos ven en él al futuro comandante de la defensa ché y comienzan a aparecer cantos de sirena provenientes del fútbol inglés. Sin embargo, algo falla. Las oportunidades se escapan, la regularidad no aparece y aquel prometedor central que había sido capaz de fulminar al mismísimo Ronaldo termina, pasado el tiempo, compitiendo en una liga menor como la suiza.

Tormentas después, en pleno invierno, aterriza en Orriols. Llega para suplir el inmenso vacío dejado por Nano, quien disfruta de una jubilación dorada en China, pero se topa en su camino con un Gustavo Cabral en pleno estado de forma. El míster, JIM, lo relega al banquillo y no será hasta la temporada próxima, la 2012-2013, cuando David Navarro se asiente en el once levantinista. Otro adiós, el de Ballesteros, deja titubeante al escuadrón defensivo granota de cara a esta temporada. No obstante, las dudas parecen despejarse pronto. Ahora sí, por fin, David Navarro toma galones. Dirige, ordena y manda. Tendrá como fiel escudero al experimentado Vyntra para conformar una de las parejas más serias y fiables del campeonato. 

Acero puro, es la quintaesencia de este central talentoso, poderoso en el juego aéreo, siempre bien posicionado, solvente al corte y seguro en el marcaje. Además, tiene ese punto intimidatorio que necesita todo defensa que se precie. Es básico para el esquema de Caparrós, sin embargo flota en el aire el incómodo tema de su renovación, pendiente todavía de solución. No sería de extrañar una marcha repentina, pues son cosas del fútbol, pero el Levante le ha sentado tan bien a David Navarro que es difícil no imaginárselo vistiendo el ‘4’ blaugrana en el momento de brindar su último gran recital.

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Después de la tormenta siempre sale el sol.

Caparros-Levante-FOTO-DAVID-GONZALEZ_ALDIMA20130821_0035_3El Levante abrió la Liga de la peor manera posible, encajando un contundente 7-0 en tierras culés. ¿Qué había sucedido? ¿Dónde estaban las notas de seriedad y fortaleza que caracterizaban antaño al conjunto granota? Se echó de menos a hombres como Ballesteros, Barkero, Juanlu, Iborra o Martins, referentes simbólicos de un estilo propio de defensa-contraataque que aparecía ahora totalmente difuminado. Los más pesimistas temían, a las primeras de cambio, no encontrar la brújula que orientara al levantinismo hacia la permanencia en esta temporada de regeneración.

Algo cambió, sin embargo, en la noche del domingo. La brújula levantinista tiene nombre y apellidos: Joaquín Caparrós. Él es quien debe comandar la naveta granota hacia la permanencia. El técnico utrerano lleva implícita la marca del sufrimiento, conocedor de lo que es ser un Robinson Crusoe, administrando con tino los escasos recursos disponibles con tal de sobrevivir en tan agreste paisaje. Y ahí, en esa gracia especial para hacer frente a las adversidades que tiene Caparrós, radican todas las esperanzas de la parroquia de Orriols.

Orden y disciplina. No le queda otra al Levante esta temporada. La salida de Iborra ha hecho mucho daño a la plantilla, deportivamente hablando. Poco ayudaría, además, la salida del otro pilar del centro del campo, Pape Diop, un portentoso futbolista cuyo despliegue de músculos, pulmones, piernas y recursos técnicos se antoja esencial para poner en práctica la idea futbolística del técnico utrerano. Sea como sea, no le conviene al Levante caer en el pesimismo agorero. Tiene motivos para ello, quizás, pero dicha actitud no va recogida en el ADN granota.

La portería está bien cubierta con el felino Keylor Navas. El oficio y experiencia de gente como Juanfran, Pedro López, David Navarro y Vyntra transmiten seguridad al por mayor. La línea de tres cuartos presenta chispa, electricidad y calidad en nombres como Xumetra, El Zhar o Pedro Ríos. Luchadores como Barral o Diawara encajan a la perfección en la fisonomía granota. Y el sistema de pesos y contrapesos que conformaba la dupla Iborra-Diop durante la temporada anterior será moldeado en esta ocasión en torno a jugadores de garra y tesón como El Adoua, Simao, Pinto o Gomis. Todo ello sin olvidarnos del Príncipe de Orriols, uno de los secretos mejor guardados de la Liga. Hablamos, por supuesto, de Rubén García, quien poco a poco y en base a trabajo, esfuerzo y talento comienza a emerger como una de las estrellas del campeonato.

Puede que un insípido 0-0 en casa sepa a poco, o nada, en otros estadios. En Orriols, sin embargo, ello es motivo de ilusión y jolgorio. Parroquia estoica donde las haya, el levantinismo respira más tranquilo después del partido de anoche. Supone saber que el Levante, una vez más, está en buenas manos, en las manos de Joaquín Caparrós. No nos queda otra que confiar en aquello que augura que después de la tormenta siempre sale el sol.

La hora de Iborra.

Vicente-Iborra-LEvante_2909070Era un secreto a voces. El ’10’ del Levante, Vicente Iborra, natural de Moncada, quería progresar deportivamente. Repleto de ambición e ilusión, sentía que su permanencia en el conjunto blaugrana limitaba sus cualidades deportivas. Así parecía desprenderse de sus continuos desplantes a los cantos de sirena que le llegaban desde las oficinas levantinistas, donde Quico Catalán lo veía como el verdadero referente granota, como el hombre que debía liderar el proyecto durante los próximos años. No será así. A Iborra el Levante, probablemente, se le queda pequeño. Durante estas últimas dos temporadas ha jugado a un nivel de selección, pero imposible recibir una llamada con la elástica blaugrana. Ha jugado a un nivel para ganar títulos nacionales y europeos, pero difícil hacerlo con el escudo del Levante en el pecho.

Se marcha, en cualquier caso, agradecido con todos aquellos que en algún momento de su carrera y su vida le han apoyado. El Levante lo ha hecho futbolista y persona, e Iborra eso jamás lo olvidará. Jugador humilde y trabajador, de imponente físico y con un buen repertorio de cualidades que, a poco que le sonría la suerte, le harán triunfar, ahora ya, con la camiseta del Sevilla.

Tiene las puertas abiertas para volver al club de toda su vida, a ese club al que lleva en el corazón. Seguro que lo hará, tarde o temprano. Pero mientras tanto los caminos de Iborra y el Levante se separan. El valenciano tiene tiempo suficiente para demostrar toda su valía a Emery, triunfar en Sevilla y porqué no dar el salto definitivo a la selección de cara la próximo mundial. El Levante, por su parte, tiene una temporada grisácea a la que hacer frente. Demasiadas salidas importantes que digerir, puede ser un año traumático salvo que Caparrós consiga hacer gala, una vez más, de su libreto de supervivencia.     

Punto y seguido.

Ballesteros ponía punto y seguido en la tarde de ayer a su estancia en el Levante. Fue una despedida emotiva, bonita. Una adiós idílico, respetando las formas y respetándose las partes. Pocas veces las cosas terminan así de bien, pero él, la verdad, se lo merecía.

“El Levante me hizo futbolista”, decía. Y es que lleva al conjunto de Orriols en la sangre. Desgraciadamente ya no encaja en el proyecto de regeneración que tanto Manolo Salvador como Quico Catalán han decidido llevar a cabo para la temporada 2013/14. Pero él ya tiene ganado el cielo. Bajo su comando, desde que regresara en la temporada 2008/09, el Levante ha vivido la mejor etapa de su centenaria historia. Una estancia necesaria en la categoría de plata, un histórico ascenso, la agónica permanencia en la élite, el liderato y el sueño de Europa, la consagración y estabilidad. 

Decían de él que era un tipo agresivo, y yo nunca le he visto una mala acción con el rival. Decían de él que era lento, y venció en carrera a Cristiano Ronaldo. Decían de él que estaba acabado, y todavía nos ha dado cinco temporadas de esplendor. Decían de él muchas cosas, y por fortuna el tiempo pone a cada uno donde se merece. Se marcha pues uno de los jugadores más valerosos, impetuosos y nobles que ha tenido este club. Alto, fuerte y rocoso. Un central con perfil de estibador que siempre se ha entregado con honra a su oficio. Duro y expeditivo, ‘Papá’ ha marcado una época gloriosa en su club de toda la vida. Deja el dórsal 18 libre, pero siempre será eterno capitán de Levante. 

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Eternos capitanes.

El fútbol valenciano ha perdido mucho estos días. Dos de sus emblemas dicen adiós. Ninguno por voluntad propia. Primero fue David Albeda, ahora Sergio Ballesteros. Tanto la parroquia ché como la granota pierden a dos de sus referentes, a dos de sus ídolos. Esto también es fútbol. 

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Del 6 valencianista nunca me cansaré de ensalzar su figura. Para mi ha sido uno de los jugadores españoles más importantes de la primera década del siglo XXI. El mejor cierre defensivo que yo he visto, al mismo nivel de hombres como Gattuso o Makélélé. Sucede que este estilo de jugador no vende portadas ni camisetas. Pocos valoran su dedicación y entrega a este oficio. Sin embargo, ahí estuvo David Albelda para capitanear la mejor época de la historia valencianista. Y. háganme caso, sin él nada hubiese sido igual.  

Otro eterno capitán es Sergio Ballesteros. El de Burjassot ha visto como la marea desestabilizadora surgida a raíz del día del Depor también lo ha arrastrado. Lástima. Creo, honestamente, que todavía tenía fútbol en sus piernas. Me cuesta creer en el argumento deportivo mentado por Manolo Salvador y Quico Catalán. En cualquier caso, es lo que hay. El proyecto regeneracionista surgido en Orriols ya no contará con ese corpulento central, más parecido a un estibador que a un futbolista, que lideraba a su equipo mientras atemorizaba a los atacantes rivales. En el recuerdo y bajo su comando quedan muchos momentos inolvidables, preciosos. Ha sido parte, y fundamental, de la mejor etapa en la historia del Levante. Eterno Capitán.

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Pues así, se van. Atrás queda todo lo vivido junto a ellos. Momentos, como ya hemos dicho, imborrables. Protagonizan, por sí solos, un anecdotario digno de contar a cualquiera. Horas y horas de tertulia recordando las hazañas de estos dos gladiadores. Confiemos en verlos pronto en los despachos, cerca del verde, ayudando de alguna manera a engrandecer a los clubes que llevan en su corazón.    

Historia viva.

Están siendo días de tristes despedidas. Hoy se anuncia la marcha del Levante de Juan Luis Gómez, Juanlu. Casi nada. Dice adiós con 33 años de edad. A todo el mundo le llega su momento y, quizás, este sea el oportuno. Si uno analiza la trayectoria de Juanlu a lo largo de estas cuatro campañas, se da cuenta de que, probablemente, este “loco bajito” se va con el sinsabor de esta última temporada en la que no sólo no ha jugado nada sino que además se ha visto metido en el embrollo del amaño de partidos. Un prometedor Rubén García le ha superado como un ciclón, es ley de vida.   

En cualquier caso, no nos debemos quedar con lo malo. La nota final es de sobresaliente. Juanlu ha dado mucho por el Levante. Tanto como el Levante le ha dado a él. Aquí recuperó la sonrisa. A partir de ahí, el malagueño siempre contagió su garra al equipo y a la afición. Él era capaz de levantar a todo el estadio con una de sus internadas por banda. Cuando estaba en forma, era un jugador temible, capaz de tutear a cualquier sin ningún tipo de rubor. Su carrera se truncó, sin embargo, con la grave lesión que sufría en Copa frente al Deportivo en la temporada 11/12. Hubo un antes y un después en el estado de Juanlu a raíz de aquello. Hasta entonces había sido, gracias a su verticalidad, centros, carácter y goles, uno de los artífices del ascenso, un pilar para la permanencia en la Primera División y una llave para soñar con Europa.

Forma parte de la etapa más gloriosa del Levante. Se ha ganado en base a su esfuerzo, desparpajo y entrega su derecho a entrar en la historia de este club. Nadie olvidará, por ejemplo, quién fue el que anotó el gol en el Villamarín que nos brindaba el liderato, quién logró el primer tanto europeo en tierras escocesas o quién agujereó por última vez las porterías de San Mamés. Fue Juanlu, insignia levantinista e historia viva de este club. 

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El mejor entrenador de la historia.

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La decisión ya está tomada. El director deportivo del Levante, Manolo Salvador, ha ideado un nuevo proyecto para el curso que viene, pero esta vez sin la figura de Juan Ignacio Martínez (JIM) como director de la nave. El de Rabassa cierra así un ciclo esplendoroso que ha durado dos años. Tiempo suficiente como para, números en mano, acreditar que JIM ha sido el mejor entrenador de la historia del Levante. Palabras mayores.

Con él la afición se echó a temblar. Era un semidesconocido que se vanagloriaba de practicar un fútbol bonito, de ataque y vertical. Así lo había hecho en Cartagena, lugar en el que el espectáculo no fue acompañado de resultados en forma de ascenso a la Primera División. Un fútbol, porqué no decirlo, que no terminaba de encajar en el estilo defensivo que había hecho triunfar a los granotas. Tenía, además, la difícil papeleta de sustituir al que para mí, y sin números en la mano, ha sido el mejor entrenador del Levante: Luis García, el técnico milagro.

Con todo, supo adaptarse a la situación. Sabía a qué tipo de equipo llegaba y amoldó su libreta táctica al mismo. El Levante no se desdibujó, más bien todo lo contrario. Gracias a JIM se construyó un equipo basado en la solidaridad, la presión, la defensa y la intensidad. Uno de las mejores máquinas que yo he visto para practicar ese fútbol tan denostado por todos, el de defensa y contraataque.

Lograr clasificar al Levante para la Europa League no es tarea sencilla. Tampoco haberlo situado en lo más alto de la tabla de una de las mejores ligas del mundo. O el hecho de recorrer la geografía europea llegando hasta los octavos de final, ilusionando a la afición con alcanzar cotas inimaginables hasta hace nada. No menos valor tiene el hecho de que, durante dos campañas,  un club tan modesto como el Levante haya alcanzado la permanencia con suficiencia y premura. 

Por todos estos motivos, el Levante debe estar eternamente agradecido a la figura de JIM. Se marcha Juan Ignacio, en silencio y por la puerta de atrás. Contradicciones del fútbol que uno jamás terminará de entender. Dice adiós, en definitiva, uno de los grandes nombres de la historia del levantinismo.